sábado, 4 de septiembre de 2010

De noche en el cementerio




Poco a poco, la luz le cedió el paso a la oscuridad y comenzó el reinado de la luna.
A todas las personas que habían ido aquel día a visitar a sus muertos, a llorar, no les quedó de otra más que comenzar a irse y dejar su tristeza al lado de sus seres queridos. Después de todo nadie quiere quedarse solo y de noche en un cementerio.
Sin embargo, alguien tiene que hacerlo.
Alguien, tiene como profesión dormir de día para que de noche pueda acompañar a los caídos.
Todos en el pueblo le temían. Nunca hablaba con nadie, porque nadie se acercaba a hablar con él. Pasaba más tiempo con los muertos que con los vivos, tal vez por eso pensaban que estaba loco.
Pero a él realmente no le importaba… Los muertos lo sabían escuchar.

Aquella noche, el velador estaba de muy buen humor. No tenía ningún motivo especial. Nadie le podría quitar aquel nuevo estado de humor, de la misma forma que nadie le había dado motivos.
Comenzó a merodear por los pasillos del cementerio como hacía cada noche… Disfrutó cada segundo del silencio y la paz reinante a su alrededor, iluminado solo por la luna y con el fresco aroma del pasto recién rociado por la lluvia acariciando su nariz.
Pero no estaba solo.
Se detuvo un momento. Si definitivamente, frente a una tumba se encontraba una figura solitaria. Alguien que no quería decir adiós.
Aquella tumba era reciente. De aquella misma tarde. Era de un hombre, si mal no recordaba.
Conforme se acercaba, el velador pudo distinguir la figura de una mujer. Su madre, tal vez. Su pareja, quizá. O incluso tal vez una amiga que habría deseado ser mucho más en la vida de aquel hombre… o muchacho.

-Estás tan presente.- Susurraba la mujer.- Dime, ¿Cómo aceptar que te has ido si te sigo sintiendo… Aquí… conmigo?-
Siguió susurrando un montón de cosas inteligibles entre lágrimas y sollozos.
-La gente no desaparece. Tu mismo me lo decías… Pero ya no estás aquí y es igual que si hubieras desaparecido… aunque estés en otro lugar…-
-Señorita…- Comenzó el velador… Ella se sobresaltó y lo miró.
Resultó difícil calcular su edad. Lucía muy joven. Pero sus ojos la desmentían.
Las perdidas, siempre ocasionaban lo mismo. Era como si los muertos les regalasen a los que más los quisieron sus años, como recompensa por todo el amor que habían recibido en vida. Y se reflejara aquel regalo en la mirada. Para siempre.

Ella se limitó a mirarlo, esperando a que él le dijera lo que le tenía que decir y luego se fuera.
Era el velador, no podría ser nadie más. Casi nadie lo veía nunca. Nadie que ella conociera había cruzado una palabra con él, así que, pensaban que estaba loco.
No era la primera vez que lo veía. La primera vez su madre estaba con ella “No te acerques a ese hombre cariño… Uno nunca sabe que puede pasar por la mente de gente como él” Pero en ese momento, no importaba lo que dijera su madre. De hecho ya nada importaba.
Nada.

-No se visita a los muertos de noche. Estoy por cerrar las puertas, y no creo que se quiera quedar aquí. Será mejor que se vaya.- dijo él con frialdad.
-No.- susurró ella.
-¿Cómo ha dicho?-
-¡No!- repitió la mujer con un poco más de volumen.- ¿Quién es usted para decirme cuando debo irme? Cuándo decir adiós. Solo yo lo decido. Nadie puede obligarme a despedirme si yo no quiero ¡Nadie!- Esto último lo dijo casi gritando en un tono lleno de desesperación y soledad.
Hubo un momento de silencio, mientras el viento se llevaba las palabras de la joven a otro lugar.
-Podrá extrañarlo igual en su casa.- Dijo él aún con frialdad.- El hecho de pararse ahí toda la noche… no hará que él regrese… Los muertos no se levantan de sus tumbas.-
Ella se volvió de pronto para mirarle de nuevo. Aquellas palabras, le habían herido. No porque no supiera aquello. Simplemente no soportaba la verdad. Y no podía ser posible que él la escupiera de una manera tan… fría.
El silencio reinó de nuevo. Pero las palabras del velador no se fueron, se quedaron ahí en su mente “Los muertos no se levantan de sus tumbas” el no iba a volver así construyera su casa al lado de la tumba.
-No quiero volver a casa,- susurró.- No me queda nada ahí… Ni ahí ni en ninguna otra parte.-
Él no se movió. Aquello no le importaba. Nada de lo que ella pudiera decir era realmente importante. Él tenía que hacer valer las reglas y sacarla de ahí, y después dejarla arreglarse por si misma. Pero, como había dicho antes, esa noche estaba de muy buen humor.
-Aún así…. No puede quedarse aquí.- dijo.- Venga conmigo, le haré una taza de café.-
Ella vaciló un instante. “…uno nunca sabe lo que puede pasar por la mente de gente como él.”
Él se encogió de hombros.
-Como usted quiera.- Se dio la vuelta dispuesto a irse.
La muchacha comenzó a experimentar algo muy parecido al miedo.
-¡Espere!- Dijo. – Supongo que un café, no me haría mal.- “No puede ser peor que regresar”
El no se inmutó… Le hizo ademán de que la siguiera y comenzó a avanzar de nuevo.

Ella lo siguió. La casa del velador estaba justo al principio del cementerio prácticamente junto a la puerta.
Pronto se comenzó a sentir incomoda.
Lo que para el velador era paz y tranquilidad, para ella era un silencio incomodo. No podía evitar que por su mente pasaran todos aquellos alguna vez habían reído, llorado, e incluso tal vez caminado por los pasillos de aquel mismo cementerio. Todos ellos que ahora dormían.
Sin posibilidad de despertar.
No pudo evitar pensar que algún día, ella misma se uniría a aquel silencio. Que todos lo harían. Que era la regla sin excepción.
Después recordó que la muerte se había llevado también a su esperanza y pensó que había gente que perdía el alma antes de que descansara el cuerpo.

De pronto deseó romper ese silencio. Quiso de pronto romper aquel hechizo mágico y tenebroso en el que estaba sumergido el cementerio entero.
-¿Cree usted en fantasmas?- Preguntó ella de pronto… ¿No se le podía ocurrir otro tema de conversación?
Por otro lado ¿Quién podría responder a aquella pregunta de manera más acertada que un velador de cementerio?
El hombre soltó una carcajada de esas que parece que de un momento a otro se van a convertir en un llanto de desesperación. Hizo que se le pusiera la piel chinita.
-No sé si existan.- comenzó él. – Pero, no entiendo porque alguien abandonaría el descanso eterno, para regresar a este mundo lleno de sinsabores y tragedias.-
De repente se sintió ofendida. No sabía bien por qué. Pero sus palabras, le habían calado.
-Por amor-suspiró ella.
-Al final ya nada importa… ni siquiera eso es tan fuerte.-
Ella se detuvo.
-¿Cómo puede decir eso? No se puede vivir sin amar.-dijo citando palabra por palabra a aquel que había amado, aquel por el que estaba ahí en ese momento. Sin embargo, el tono sombrío y triste en el que lo había dicho hacía difícil de creer en sus palabras.
De nuevo una carcajada triste resonó de la boca del velador.
-No se puede vivir sin amor. Pero tampoco sin agua o sin comida… y no hay fantasmas que regresen con sed… o con hambre... No se puede vivir sin amor, pero al morir ya no se necesita.-
Ella se quedó callada. Quería explicarle que era mucho más grande que eso… Que era más importante. Pero nada de lo que dijera tenía sentido. Ya no.
Sobrevino el silencio.

-No sé si los espíritus de la gente, regresen. Pero de algo puedo estar seguro, y es, de que nadie desaparece por completo de este mundo.- Comenzó él. Ella no respondió pero él supo que de alguna manera, ella quería escuchar lo que le iba a decir. -Sus lágrimas, sus risas, todo lo que puede ser contado se queda aquí encerrado entre las puertas del cementerio. Todas las historias, que ya nadie puede recordar se quedan aquí. Descansando con sus dueños y sus creadores… Los recuerdos nunca duermen.- Se quedó en silencio y luego sonrió- ¿Acaso no lo siente? Está en el aire.

Justo en ese momento las puertas, del cementerio aparecieron ante ellos, a la chica le pareció que dividían el pasado del presente.
De pronto sintió que si dejaba que se cerraran quedaría atrapada de en el interior, para siempre.
Pero ya no importaba… de todas formas, así estaría con él.

El velador colocó una humeante taza llena de café sobre la mesa.
-¿Cómo se llama?- preguntó sin que llegara a interesarle demasiado.
-Amanda- suspiró ella con un nudo en la garganta, su propio nombre le supo a mentira. En Aquel momento, quería hundirse en su tristeza ahogarse en ella y luego desaparecer.
- Amanda.- repitió el velador.- Es un nombre muy bonito.
Ella casi sonrió. Pero no lo hizo. Aarón le decía lo mismo cada que podía. Aarón…
-¿Cómo se llamaba él?- preguntó el velador y Amanda no pudo evitar preguntarse si el hombre no había leído su pensamiento.
Tan solo pensar en su rostro se le hacía un nudo en el estómago y en el corazón. Era un rostro que no volvería a tocar que no volvería a ver más que en sueños, como si nunca hubiera existido… tenía que vivir con eso. Es lo que todo el mundo hacía. Pero parecía tan imposible.
-Aarón…-susurró casi imperceptiblemente, como llamando a alguien. Era la primera vez en el día que se atrevía a susurrar su nombre, le sabía cómo sal… como la promesa de agua en medio del desierto cuando sabes que es tu final. Cuando sabes que nunca vendrá.
El velador la miró unos segundos. La chica, de pronto se le figuro a una rosa negra, así, vestida como estaba con su delicado vestido y las manos alrededor de la taza de café al que no le había dado ni un sorbo…
Se volvió hacia el velador.
- No podía creerlo cuando me lo dijeron, el mundo se volvió oscuro, como si hubieran apagado al sol de un soplo. No es verdad, me dije para impedir que el suelo se engullera mis esperanzas… sucedió de todas maneras… se fue. - No pudo seguir, las lagrimas afloraron tan rápido había empezado su relato y se habían apresurado a opacar sus palabras.
Él permaneció impasible, comprendía su dolor. Pero no era el suyo, no podía involucrarse. La dejó que se calmara, meciéndose en los brazos del viento.
-No debe preocuparse… Ellos no se van… A menos que usted los deje ir.-
Amanda levantó la vista.
-Si no lo dejo ir, no podré seguir nunca adelante…-
-Déjelo entrar en su corazón, reserve un lugar especial para él y visítelo solo de vez en cuando… como aquí. La diferencia es que cuando lo visite dentro de usted, será como si estuviera vivo en verdad, se puede vivir con eso.-
Amanda le sonrió con agradecimiento, sabiendo que había llegado la hora…
Se levantaron juntos y el la acompañó hasta la puerta. No se dirigieron una sola palabra… ella solo la cruzó.
Pero entonces…
-Usted no me ha dicho ¿Cómo…?- Ella se detuvo en seco.
El velador ya no estaba.
Probablemente había vuelto adentro… o tal vez…
No, eso no era posible.
Era hora de avanzar, de mirar hacia adelante en vez de hacía atrás. De todas formas él estaría con ella. Seguía sintiendo un peso en el corazón, pero era de paz… no de angustia.



Amanda abrió los ojos de golpe. Se sentía asfixiada y vacía, tenía los ojos llenos de lágrimas.

Se soltó a llorar, no podía evitarlo. Se abrazó el pecho en busca de sentirse menos vacía. En busca de llenar el hueco que tantos años atrás había abierto, una perdida.
Hacía mucho que no se sentía así. Había aprendido a vivir con ello.
Pero no lo había olvidado… Era imposible.
El hombre que dormía a su lado se levantó de golpe, ni siquiera le preguntó qué pasaba, estaba demasiado adormilado para hacerlo. Solo la abrazó y la refugió en sus brazos.
Amanda se sintió cálida otra vez. Él era su presente… sus hijos eran su presente. Tenía que sonreírle a la vida como había aprendido a hacer.


Poco a poco, la oscuridad tuvo que cederle el paso de nuevo a la luz. Y el sol comenzó a asomarse por las ventanas.
Había comenzado un nuevo día.



CRISTINA NAKAD DELGADO.

domingo, 7 de marzo de 2010

La Mujer De Lluvia











La Mujer De Lluvia

Todos los recuerdos vienen acompañados. Unos de lágrimas, otros de risas… otros son tan nítidos, que llevan consigo absolutamente todas las sensaciones.
Como aquella tarde, mucho tiempo atrás, Maia recordaba haber caminado de la mano de su padre por las calles de una agitada ciudad llena de vida, de risas, de contrastes.
Recordaba a la perfección, el color de los parques… El sonido del agua en una fuente cercana, de las campanas de una iglesia, de aquel olor que acompañaba cada uno de sus pasos pero no se podía definir.
Pero, sobre todo recordaba que en mitad del estruendo, se oía la voz inteligible de un hombre, que hablaba casi en silencio.
Maia, nunca se molestó en descubrir su nombre... Tal vez fue precisamente gracias a eso que descubrió que las huellas que se quedan en una persona, no son los nombres si no las esencias.

Aquel hombre no veía nada, y sin embargo lo conocía todo mejor que nadie.
Lo vieron en el umbral de la iglesia sentado, pidiendo limosna. Recitando para sí mismo poemas de ángeles. Maia corrió a poner una moneda en su sombrero. El hombre levantó la cabeza cuando escucho el tintineo de la moneda…

-Gracias. Que Dios te bendiga.- Dijo con una sonrisa… entonces su expresión cambió.-
-Y serás lluvia hija… harás crecer la vida a tu alrededor, dondequiera que pise, sin embargo no serás vida… serás frescura, una hija del sol y de la tierra, lo que dejes atrás siempre será tuyo… darás la vida sin saberlo, a costa incluso de ti misma…-

La niña se quedó mirando perpleja a los ojos perdidos del hombre… ¿Cómo había sabido que era una niña? Claro después había dicho un montón de cosas sin sentido, pero de que era niña, era niña y algún día sería mujer…

“Y serás lluvia hija”… Años después esas palabras seguían resonando en la cabeza de Maia. Nunca había comprendido que significaban, pero no podía dejar de pensar en ellas… lo curioso era que ese pasaje de su vida le viniera justo en aquel momento…
Ahora ya, como mujer madura, con un trabajo, un esposo, un par de hermosos hijos… Sus hijos…
¿Por qué le había venido aquel recuerdo justo en aquella mañana, después de su visita al doctor?
Desde que había salido de su cita, no había podido levantarse del lugar en el que se encontraba sentada… Mirando al infinito, perdida...
-Lo siento mucho Sra.- Maia sabía que aquellas palabras iban a perseguirla por mucho tiempo… y sabía también, que le iban a doler siempre igual.
Si es que le quedaba después vida para recordarlo.
Sus ojos se desbordaron en lagrimas, se encogió sobre si misma abrazando el pecho, entre sollozos… ¿Cómo iba a volver? ¿Cómo iba a fingir que no había pasado nada?
Hacía ya mucho tiempo que el hospital había desaparecido dejando solo un blanco tristemente infinito, en el cual estaba sola… con su secreto, con su verdad.

La misma verdad que se burlaba de ella, cada cinco minutos.
-Me voy a morir.- sollozó con un hilo de voz…
-Me voy a morir.- repitió, aún sin podérselo creer del todo ¿Cómo era que había sucedido eso?

Un sonido la hizo volver a la realidad, borrando el blanco escenario en el que se había sumergido para darle paso a la misma sala de espera en la cual se había sentado, horas antes esperando con una sonrisa la consulta “de rutina”. En aquel momento le pareció que habían transcurrido cien años ya de eso…
De nuevo ese sonido… Su celular estaba sonando.
Lo abrió con manos temblorosas.
- Bueno,- Susurró tratando de disimular que estaba llorando… era su esposo.
-¿Estás bien?- Maia, nunca se había percatado de lo mucho que odiaba esa pregunta, en especial cuando no estaba bien…
-No… del todo.- Respondió ¿Para qué mentirle?
-¿qué pasó? ¿Maia? ¿Qué dijo el médico?- Las palabras se atoraron en la garganta de Maia… no se lo podía decir así… por teléfono…
-Nos vemos en la casa.- dijo con la voz ahogada… sin poder decir nada más. Se lo tenía que decir cara a cara… Colgó el teléfono, levantó su bolsa y se fue a paso lento.
Cerró los ojos y una lágrima le resbaló por la mejilla.

-Podríamos operar, pero es casi igual de peligroso…-
-Las posibilidades de que salga bien son casi nulas…-
-¿Maia?... Lo siento.- Casi no había oído las palabras de su doctor, su mente se había nublado por completo. No tenía sentido… No podía ser cierto… No así no ahora.
¡NO!

No se atrevió a bajar del coche. Llevaba más o menos quince minutos aferrada al volante con los ojos cerrados, buscando dentro de ella fuerzas para mirar a los ojos de su esposo y decirle lo que había pasado… Buscando las palabras.
Escucho el Ruido de otro coche acercándose.
Evan.
Respiro hondo y bajó del coche.

-Debí haberte acompañado.- dijo él después de haber escuchado…
Ella solo lo miró ¿Qué podría decirle?
Miró a la ventana con los ojos llenos de lágrimas. Y pensar que esa misma mañana…
-Solo era un examen de rutina.- susurró más para sí misma.-Nunca pensé que...-
-Hay que buscar una segunda opinión…- se acercó a ella.- Vamos a buscar una segunda opinión.-

Ella no estaba prestando atención, perdida en la ventana...Lucía tan infinita en ese momento.
-y serás lluvia hija mía…- masculló inaudiblemente.
-Maia…-
- ¿Y si me operaran?- Le preguntó clavando sus fijos ojos marrones en él.
-No te van a operar hasta que no escuchemos una segunda opinión.-
-¿Esperarías hasta el final? ¿Aunque no regresara?-
El, se acercó a ella, le aparto el cabello de la cara. Deseaba poder tener fuerzas para sostenerla. Ella una mujer tan fuerte, derrumbándose… Dolía.
-Maia, no hables así… es más ahora mismo hablaré con el doctor si quieres… tu no… no te preocupes Maia…- Evan se levantó de su lado con un movimiento, fluido.
-¿Evan?- él se detuvo y la miró
- Te amo.- Susurró ella. Evan tomó su mano y le sonrío…
Se quedaron en silencio un segundo, de esos silencios de los que se pueden contar historias.
-Yo también te amo.- Acto seguido la besó y salió por la puerta.

Segunda, Tercera y cuarta opinión no cambiaron mucho. Siempre era parecido el resultado. En una cosa coincidían todos… Las esperanzas eran casi nulas.
Maia ya lo sabía…


-Te extraño papi.- susurró Maia, mirando a los ojos castaños de su padre, quien le sonreía con ternura. Estaban caminando de nuevo, por las calles de la ciudad. Juntos de la mano, como aquella última vez. Maia, se sentía como de once años otra vez, y al mismo tiempo le parecía estar increíblemente avejentada. Se dio cuenta de que miraba a su padre hacia arriba, como si tuviera el tamaño de niña.

Por fin pasaron en frente de la iglesia. Al son de las campanas. Era un sonido tranquilizador… lleno de vida. Su padre se arrodillo y le besó la frente.

-Ya no tendrás que extrañarme.- Susurró él.- Pero tienes que ser valiente.- Se levantó.- Así como siempre lo has sido…-
Caminaron juntos hacia el umbral en completo silencio. Entonces una voz resonó en la mente de Maia.

-Serás lluvia… sembrarás la vida a tu paso.-
-Pero no serás vida.- dijo Maía y tomó su mano. Los tres avanzaron hacia el umbral de la Iglesia, y se perdieron en la oscuridad… Maia, supo lo que iba a hacer… y lo que iba a suceder.

Abrió los ojos, estaban llenos de lágrimas. Como casi todas las mañanas desde el día que había recibido la noticia. Sin embargo, aquella vez era distinto.
Evan estaba ahí, como esperando que a que despertara, la miró y le sonrió. Ella lo besó. Y le sonrió también.
-Tomé una decisión.- susurró ella casi en un susurró.
Evan, asintió y tomó su mano. Fuera lo que fuera… él nunca se iría.

Aquella era la mañana más extraña de la vida de Evan. Tenía un poco de todo. Apenas había salido el sol su esposa se había despertado y le había besado en los labios.

-Estoy lista.- susurró en su oído y sonrió, respondiendo a una pregunta nunca formulada, pero que ambos se habían hecho durante los últimos tres meses. El sujetó su mano con fuerza y corrió a despertar a los niños.

Cuando regresó, preparó todas sus cosas. Después miró a su esposa. Lucía radiante y llena de vida. Sonrió. Todo lo contrario a las primeras noches cuando apenas se había enterado de su enfermedad. Sabía que si la vieran así como estaba, tan bella y luminosa todos se preguntarían si realmente, su vida estuviera llegando a su fin. Después suspiró… a pesar de lo que la gente pudiera o no pensar. Era verdad y ambos lo sabían.

Justo por eso, ella había decidido poner en riesgo su vida y ponerle fin a todo aquello. Saliera bien o mal. Había tomado también la extraña decisión de convertirse en donadora… quería dar vida, por si algo llegara a salir mal…

A Evan se le hizo añicos el corazón… en unos minutos, iban a viajar hacia el hospital para que la internaran por tres días o más y después… la operaran. En los meses anteriores no había podido siquiera concebir aquel camino que iban a tomar, y ahora ahí estaba en el inicio. Dispuesto a tomar la mano de su esposa y nunca soltarla. Lo haría por ella, porque eso era lo que había decidido, por los niños que la necesitaban y por el mismo, porque la amaba.

Maia sintió a la mano de Evan dejándola. Ahora ya era un asunto entre el doctor y el paciente.
Sin embargo no se sintió sola… de alguna manera, él estaba ahí. Esperándola a que saliera… De alguna manera, su papá estaba también ahí, diciéndole que debía ser fuerte.

Serás frescura, una hija del sol y de la tierra, lo que dejes atrás siempre será tuyo… darás la vida sin saberlo, a costa incluso de ti misma…

Escuchó que el doctor le indicaba que contara hasta diez. Sintió miedo solo un segundo antes de hundirse en la oscuridad.

Pasaron segundos que sabían a eternidad. Maia se encontraba sentada una vez más en la sala de espera, era blanca por completo. Una música leve llenaba el aire, acompañando a todo el que se sentaba esperando, por algo. Maia no estaba segura de qué… pero esperaba.

Una anciana se sentó a su lado y sonrió.
- Por fin…- susurró con alivio. Y miró hacia el frente.

Las vías de un tren. No era la sala de espera de un hospital… era una terminal de tren.
-Se siente una extraña paz estando aquí…- susurró Maia casi sin pensar.
La anciana la miró y comenzó a reír. Se le iluminó el rostro y se comenzó a escuchar el traqueteo de un tren… una luz inmensa le lleno las facciones. La luz de la esperanza… De la vida, de la felicidad alcanzada. Acto seguido desapareció…
Maia, perpleja miró a su alrededor. Ya sabía que aquello no era mundo. Lo había sabido desde la cuenta regresiva… pero jamás se imaginó que… Cerró los ojos y suspiró.

Evan, Camille, Santiago… su madre. Todos estaban esperando por buenas noticias. Con la esperanza pintada en los labios. Maia sabía que cuando escuchara de nuevo el traqueteo del tren. Esa esperanza, se rompería y se convertiría en lagrimas. Maia, sería la lluvia de los ojos de todos ellos que la amaron.

-Los quiero.- dijo. Y aunque ellos no podían escucharla. De una forma extraordinaria, del otro lado, algo se movió en el corazón de todos… algo que nunca se iba a ir.

-Bueno chicos ¿Listos?- dijo Evan, forzando la sonrisa. Los niños aún no habían entendido del todo por que les habían dejado faltar a clases de la nada… y él no quería arruinarles el día con la verdad.

Camille y Santiago, gritaron de emoción desde el asiento trasero del coche… querían saber que clase de cosas le esperaban aquel día, todo era tan extraño, tan mágico que hasta la luz del día lucía diferente.
Evan miró a su esposa salir de la casa, con una sonrisa en los labios. El sol parecía sonreír con ella. Disfrutaba la vida… La celebraba como nunca antes.

Toda la mañana, se encargaron de olvidar todos los problemas. Cuentas. Cheques. Trabajo. Enfermades. Miedo… todo desapareció para la joven familia… Los niños corrían y gritaban alegres, coreados por la risa de sus padres que parecían amarse más que nunca.

Eran cerca de las seis de la tarde cuando Maia, con una sonrisa les dijo.
-Hay una última cosa que debo hacer…- dijo.- quiero ir a un lugar muy especial. Solo iba a pasear ahí de la mano de mi padre.-

Y ahí estaban, los cuatro. Caminando a media tarde por el centro. Oliendo la comida, escuchando la música, y el agua, las campanadas de la iglesia, mirando el atardecer. Cuando comenzó a llover.

La gente corrió a refugiarse en el techo más cercano. Todos menos Maia… “Lluvia” pensó, recordando al anciano ciego que de una u otra forma había predecido ese momento. Su familia corrió a reunirse con ella y juntos jugaron en el agua…

Ese sería el recuerdo con el cargarían… no el de la tarde siguiente cuando el doctor había aparecido con una mirada preocupante. No el de los hombres y mujeres de negro llorando en silencio. Guardarían ese momento para siempre.
El recuerdo de una mujer de lluvia.

Cristina Nakad Delgado.