La Mujer De Lluvia
Todos los recuerdos vienen acompañados. Unos de lágrimas, otros de risas… otros son tan nítidos, que llevan consigo absolutamente todas las sensaciones.
Como aquella tarde, mucho tiempo atrás, Maia recordaba haber caminado de la mano de su padre por las calles de una agitada ciudad llena de vida, de risas, de contrastes.
Recordaba a la perfección, el color de los parques… El sonido del agua en una fuente cercana, de las campanas de una iglesia, de aquel olor que acompañaba cada uno de sus pasos pero no se podía definir.
Pero, sobre todo recordaba que en mitad del estruendo, se oía la voz inteligible de un hombre, que hablaba casi en silencio.
Maia, nunca se molestó en descubrir su nombre... Tal vez fue precisamente gracias a eso que descubrió que las huellas que se quedan en una persona, no son los nombres si no las esencias.
Aquel hombre no veía nada, y sin embargo lo conocía todo mejor que nadie.
Lo vieron en el umbral de la iglesia sentado, pidiendo limosna. Recitando para sí mismo poemas de ángeles. Maia corrió a poner una moneda en su sombrero. El hombre levantó la cabeza cuando escucho el tintineo de la moneda…
-Gracias. Que Dios te bendiga.- Dijo con una sonrisa… entonces su expresión cambió.-
-Y serás lluvia hija… harás crecer la vida a tu alrededor, dondequiera que pise, sin embargo no serás vida… serás frescura, una hija del sol y de la tierra, lo que dejes atrás siempre será tuyo… darás la vida sin saberlo, a costa incluso de ti misma…-
La niña se quedó mirando perpleja a los ojos perdidos del hombre… ¿Cómo había sabido que era una niña? Claro después había dicho un montón de cosas sin sentido, pero de que era niña, era niña y algún día sería mujer…
“Y serás lluvia hija”… Años después esas palabras seguían resonando en la cabeza de Maia. Nunca había comprendido que significaban, pero no podía dejar de pensar en ellas… lo curioso era que ese pasaje de su vida le viniera justo en aquel momento…
Ahora ya, como mujer madura, con un trabajo, un esposo, un par de hermosos hijos… Sus hijos…
¿Por qué le había venido aquel recuerdo justo en aquella mañana, después de su visita al doctor?
Desde que había salido de su cita, no había podido levantarse del lugar en el que se encontraba sentada… Mirando al infinito, perdida...
-Lo siento mucho Sra.- Maia sabía que aquellas palabras iban a perseguirla por mucho tiempo… y sabía también, que le iban a doler siempre igual.
Si es que le quedaba después vida para recordarlo.
Sus ojos se desbordaron en lagrimas, se encogió sobre si misma abrazando el pecho, entre sollozos… ¿Cómo iba a volver? ¿Cómo iba a fingir que no había pasado nada?
Hacía ya mucho tiempo que el hospital había desaparecido dejando solo un blanco tristemente infinito, en el cual estaba sola… con su secreto, con su verdad.
La misma verdad que se burlaba de ella, cada cinco minutos.
-Me voy a morir.- sollozó con un hilo de voz…
-Me voy a morir.- repitió, aún sin podérselo creer del todo ¿Cómo era que había sucedido eso?
Un sonido la hizo volver a la realidad, borrando el blanco escenario en el que se había sumergido para darle paso a la misma sala de espera en la cual se había sentado, horas antes esperando con una sonrisa la consulta “de rutina”. En aquel momento le pareció que habían transcurrido cien años ya de eso…
De nuevo ese sonido… Su celular estaba sonando.
Lo abrió con manos temblorosas.
- Bueno,- Susurró tratando de disimular que estaba llorando… era su esposo.
-¿Estás bien?- Maia, nunca se había percatado de lo mucho que odiaba esa pregunta, en especial cuando no estaba bien…
-No… del todo.- Respondió ¿Para qué mentirle?
-¿qué pasó? ¿Maia? ¿Qué dijo el médico?- Las palabras se atoraron en la garganta de Maia… no se lo podía decir así… por teléfono…
-Nos vemos en la casa.- dijo con la voz ahogada… sin poder decir nada más. Se lo tenía que decir cara a cara… Colgó el teléfono, levantó su bolsa y se fue a paso lento.
Cerró los ojos y una lágrima le resbaló por la mejilla.
-Podríamos operar, pero es casi igual de peligroso…-
-Las posibilidades de que salga bien son casi nulas…-
-¿Maia?... Lo siento.- Casi no había oído las palabras de su doctor, su mente se había nublado por completo. No tenía sentido… No podía ser cierto… No así no ahora.
¡NO!
No se atrevió a bajar del coche. Llevaba más o menos quince minutos aferrada al volante con los ojos cerrados, buscando dentro de ella fuerzas para mirar a los ojos de su esposo y decirle lo que había pasado… Buscando las palabras.
Escucho el Ruido de otro coche acercándose.
Evan.
Respiro hondo y bajó del coche.
-Debí haberte acompañado.- dijo él después de haber escuchado…
Ella solo lo miró ¿Qué podría decirle?
Miró a la ventana con los ojos llenos de lágrimas. Y pensar que esa misma mañana…
-Solo era un examen de rutina.- susurró más para sí misma.-Nunca pensé que...-
-Hay que buscar una segunda opinión…- se acercó a ella.- Vamos a buscar una segunda opinión.-
Ella no estaba prestando atención, perdida en la ventana...Lucía tan infinita en ese momento.
-y serás lluvia hija mía…- masculló inaudiblemente.
-Maia…-
- ¿Y si me operaran?- Le preguntó clavando sus fijos ojos marrones en él.
-No te van a operar hasta que no escuchemos una segunda opinión.-
-¿Esperarías hasta el final? ¿Aunque no regresara?-
El, se acercó a ella, le aparto el cabello de la cara. Deseaba poder tener fuerzas para sostenerla. Ella una mujer tan fuerte, derrumbándose… Dolía.
-Maia, no hables así… es más ahora mismo hablaré con el doctor si quieres… tu no… no te preocupes Maia…- Evan se levantó de su lado con un movimiento, fluido.
-¿Evan?- él se detuvo y la miró
- Te amo.- Susurró ella. Evan tomó su mano y le sonrío…
Se quedaron en silencio un segundo, de esos silencios de los que se pueden contar historias.
-Yo también te amo.- Acto seguido la besó y salió por la puerta.
Segunda, Tercera y cuarta opinión no cambiaron mucho. Siempre era parecido el resultado. En una cosa coincidían todos… Las esperanzas eran casi nulas.
Maia ya lo sabía…
-Te extraño papi.- susurró Maia, mirando a los ojos castaños de su padre, quien le sonreía con ternura. Estaban caminando de nuevo, por las calles de la ciudad. Juntos de la mano, como aquella última vez. Maia, se sentía como de once años otra vez, y al mismo tiempo le parecía estar increíblemente avejentada. Se dio cuenta de que miraba a su padre hacia arriba, como si tuviera el tamaño de niña.
Por fin pasaron en frente de la iglesia. Al son de las campanas. Era un sonido tranquilizador… lleno de vida. Su padre se arrodillo y le besó la frente.
-Ya no tendrás que extrañarme.- Susurró él.- Pero tienes que ser valiente.- Se levantó.- Así como siempre lo has sido…-
Caminaron juntos hacia el umbral en completo silencio. Entonces una voz resonó en la mente de Maia.
-Serás lluvia… sembrarás la vida a tu paso.-
-Pero no serás vida.- dijo Maía y tomó su mano. Los tres avanzaron hacia el umbral de la Iglesia, y se perdieron en la oscuridad… Maia, supo lo que iba a hacer… y lo que iba a suceder.
Abrió los ojos, estaban llenos de lágrimas. Como casi todas las mañanas desde el día que había recibido la noticia. Sin embargo, aquella vez era distinto.
Evan estaba ahí, como esperando que a que despertara, la miró y le sonrió. Ella lo besó. Y le sonrió también.
-Tomé una decisión.- susurró ella casi en un susurró.
Evan, asintió y tomó su mano. Fuera lo que fuera… él nunca se iría.
Aquella era la mañana más extraña de la vida de Evan. Tenía un poco de todo. Apenas había salido el sol su esposa se había despertado y le había besado en los labios.
-Estoy lista.- susurró en su oído y sonrió, respondiendo a una pregunta nunca formulada, pero que ambos se habían hecho durante los últimos tres meses. El sujetó su mano con fuerza y corrió a despertar a los niños.
Cuando regresó, preparó todas sus cosas. Después miró a su esposa. Lucía radiante y llena de vida. Sonrió. Todo lo contrario a las primeras noches cuando apenas se había enterado de su enfermedad. Sabía que si la vieran así como estaba, tan bella y luminosa todos se preguntarían si realmente, su vida estuviera llegando a su fin. Después suspiró… a pesar de lo que la gente pudiera o no pensar. Era verdad y ambos lo sabían.
Justo por eso, ella había decidido poner en riesgo su vida y ponerle fin a todo aquello. Saliera bien o mal. Había tomado también la extraña decisión de convertirse en donadora… quería dar vida, por si algo llegara a salir mal…
A Evan se le hizo añicos el corazón… en unos minutos, iban a viajar hacia el hospital para que la internaran por tres días o más y después… la operaran. En los meses anteriores no había podido siquiera concebir aquel camino que iban a tomar, y ahora ahí estaba en el inicio. Dispuesto a tomar la mano de su esposa y nunca soltarla. Lo haría por ella, porque eso era lo que había decidido, por los niños que la necesitaban y por el mismo, porque la amaba.
Maia sintió a la mano de Evan dejándola. Ahora ya era un asunto entre el doctor y el paciente.
Sin embargo no se sintió sola… de alguna manera, él estaba ahí. Esperándola a que saliera… De alguna manera, su papá estaba también ahí, diciéndole que debía ser fuerte.
Serás frescura, una hija del sol y de la tierra, lo que dejes atrás siempre será tuyo… darás la vida sin saberlo, a costa incluso de ti misma…
Escuchó que el doctor le indicaba que contara hasta diez. Sintió miedo solo un segundo antes de hundirse en la oscuridad.
Pasaron segundos que sabían a eternidad. Maia se encontraba sentada una vez más en la sala de espera, era blanca por completo. Una música leve llenaba el aire, acompañando a todo el que se sentaba esperando, por algo. Maia no estaba segura de qué… pero esperaba.
Una anciana se sentó a su lado y sonrió.
- Por fin…- susurró con alivio. Y miró hacia el frente.
Las vías de un tren. No era la sala de espera de un hospital… era una terminal de tren.
-Se siente una extraña paz estando aquí…- susurró Maia casi sin pensar.
La anciana la miró y comenzó a reír. Se le iluminó el rostro y se comenzó a escuchar el traqueteo de un tren… una luz inmensa le lleno las facciones. La luz de la esperanza… De la vida, de la felicidad alcanzada. Acto seguido desapareció…
Maia, perpleja miró a su alrededor. Ya sabía que aquello no era mundo. Lo había sabido desde la cuenta regresiva… pero jamás se imaginó que… Cerró los ojos y suspiró.
Evan, Camille, Santiago… su madre. Todos estaban esperando por buenas noticias. Con la esperanza pintada en los labios. Maia sabía que cuando escuchara de nuevo el traqueteo del tren. Esa esperanza, se rompería y se convertiría en lagrimas. Maia, sería la lluvia de los ojos de todos ellos que la amaron.
-Los quiero.- dijo. Y aunque ellos no podían escucharla. De una forma extraordinaria, del otro lado, algo se movió en el corazón de todos… algo que nunca se iba a ir.
-Bueno chicos ¿Listos?- dijo Evan, forzando la sonrisa. Los niños aún no habían entendido del todo por que les habían dejado faltar a clases de la nada… y él no quería arruinarles el día con la verdad.
Camille y Santiago, gritaron de emoción desde el asiento trasero del coche… querían saber que clase de cosas le esperaban aquel día, todo era tan extraño, tan mágico que hasta la luz del día lucía diferente.
Evan miró a su esposa salir de la casa, con una sonrisa en los labios. El sol parecía sonreír con ella. Disfrutaba la vida… La celebraba como nunca antes.
Toda la mañana, se encargaron de olvidar todos los problemas. Cuentas. Cheques. Trabajo. Enfermades. Miedo… todo desapareció para la joven familia… Los niños corrían y gritaban alegres, coreados por la risa de sus padres que parecían amarse más que nunca.
Eran cerca de las seis de la tarde cuando Maia, con una sonrisa les dijo.
-Hay una última cosa que debo hacer…- dijo.- quiero ir a un lugar muy especial. Solo iba a pasear ahí de la mano de mi padre.-
Y ahí estaban, los cuatro. Caminando a media tarde por el centro. Oliendo la comida, escuchando la música, y el agua, las campanadas de la iglesia, mirando el atardecer. Cuando comenzó a llover.
La gente corrió a refugiarse en el techo más cercano. Todos menos Maia… “Lluvia” pensó, recordando al anciano ciego que de una u otra forma había predecido ese momento. Su familia corrió a reunirse con ella y juntos jugaron en el agua…
Ese sería el recuerdo con el cargarían… no el de la tarde siguiente cuando el doctor había aparecido con una mirada preocupante. No el de los hombres y mujeres de negro llorando en silencio. Guardarían ese momento para siempre.
El recuerdo de una mujer de lluvia.
Cristina Nakad Delgado.