sábado, 19 de diciembre de 2009

Olor a Historia



Y... después de mucho. MUCHO tiempo de no escribir nada, la inspiración tocó a mi puerta... o bueeno, la realidad es que la empujé hacia adentro... por eso este cuento salió un poco al aventón por que es de nuevo para el concurso ese de los simbolos patrios...
=) Espero llenar este año que viene de nuevas historias... y ahora si no detenerme



Elena se paró enfrente de la puerta de la casa, y dudó un poco... observó de reojo a sus amigos que la estaban agazapados en la puerta, esperando que ella regresara impulsada por lo mismo que los mantenía ahí parados casi sin poder moverse… El miedo.
Sonrió para sus adentros y entró en la casa, armada de valor.
La puerta se cerró tras ella.
Oscuridad.

Elena vio una luz al final del pasillo en el que se encontraba… rió nerviosamente. Caminar hacía la luz que poético. También se escuchaba música (¡¡¡La casa estaba abandonada!!!) …
Avanzó con pasos lentos y vacilando. Ahora si tenía miedo, y estaba usando todas sus ganas de correr para seguir adelante en vez de retroceder. Un aroma comenzó a llenarlo todo… se parecía a varias cosas, pero no era algo que hubiera olido antes.
Por fin llegó a la puerta. En esa habitación si había luz… Elena supuso que antes aquella había sido una casa majestuosa, llena de lujos. Todo seguía ahí, adornos, cuadros, muebles… incluso el viejo fonógrafo que tocaba incesante La Habanera de Carmen. ¿Quién la habría encendido? ¿Cuánto tiempo llevaría sonando?
¿Estaba sola en la casa?
Siguió recorriendo la habitación maravillada por todo lo que veía. Los cuadros eran impresionantes. Había visto fotos así ya en la escuela… en clase de historia, pero nunca les había prestado atención, incluso había visto en persona, algunos de los lugares, y también conocía gentes con las mismas características que aparecían en el lugar. Y sin embargo, incluso en vivo no le habían parecido tan hermosas como en aquel lugar…
Al final de la habitación había un arco que daba al jardín… La puerta por así decirlo. No dudo en adentrarse a él.
Todo el lugar estaba bañado por la luz del sol… no recordaba el día tan despejado cuando recién había entrado.
Estaba descuidado, abandonado, pero no por ello menos hermoso… Todo el Jardín estaba rodeado por arcos, era completamente circular…. Elena avanzó por la maleza,
Entonces lo vio.
Parecía que las plantas no habían querido crecer más allá... había una zona en el centro del jardín perfectamente cuidada como si el tiempo no lo hubiese afectado en lo más mínimo. Y justo en el medio una hermosa fuente, con el agua cristalina… y una estatua que representaba un nopal sobre el cual reposaba una orgullosa águila engullendo una serpiente….
Otra regresión a las clases de historia, ¿No era esa la señal que buscaban los aztecas para saber que habían encontrado su destino?
Frente a ella, en color piedra se encontraba tallado nuestro escudo nacional.
Cada detalle, parecía importante, definitivamente hecho por la mano de un glorioso artista… Parecía aquella la razón por la cual no habían crecido las malas hierbas en ese pequeño círculo del jardín. Parecía que aquella imagen detenía el paso del tiempo.

Detrás de ella se escucharon pasos… Como si hubiera un ejército persiguiéndola. Se puso tensa y se volteó lentamente, muriéndose de miedo. No estaba sola en aquella casa abandonada, habían más personas, muchas más…
O al menos eso se escuchaba.
Lo que vio la confortó era una mujer. Una anciana para ser más exactos.
Llevaba su cabello, como ríos de plata recogido en dos trenzas. Su piel morena estaba ya surcada de arrugas, marcas de experiencia, de tiempo. Le sonreía aún sin la mayoría de sus dientes. Su expresión era una mezcla entre melancolía y alegría absoluta, era como mirar a una niña.
Más pasos.
Elena se volvió y miró. Otra persona había entrado por el otro lado del círculo. Un niño. Tenía unos grandes ojos avellanados hermosos… vestía una camisa blanca llena de tierra más grande que él… y unos pantalones negros, rotos.
El niño en cambio tenía una expresión triste y nostálgica, como la de un viejo… que añora su patria, o una persona que ha pasado por varias adversidades. Elena le sonrió, pero solo recibió una mirada desconfiada…
El niño dio la vuelta corriendo al círculo y se escondió en las faldas de la anciana, que ensanchó su desdentada sonrisa.
-Hola.- dijo Elena casi susurrando… le temblaba la voz, pero no sentía miedo.
La anciana avanzó unos pasos también vacilando, dejando al niño detrás.
Miró al águila que se erguía orgullosa, en el centro de la fuente y lanzó una carcajada de Alegría absoluta. Su voz sonaba como una cascada, a Elena le pareció que cuando hablaba se escuchaba también el eco de miles de voces, tal vez más antiguas que ella. Con cada paso que daba se escuchaban también los de muchas más personas…
-Llegamos.- susurró la anciana y su júbilo llenó el jardín entero. El niño corrió a unírsele, aún con la mirada desconfiada.
-Este será nuestro hogar hijo… mi niño, ahora lo difícil será quedarnos- comenzó.- Lo importante es que cuidemos esta tierra… lo importante es que amemos esta señal como a nosotros mismos. Que no queramos huir a la primera adversidad.-
Elena la miró impresionada. No había detectado su presencia… o al menos parecía que no. Solo miraba profundamente extasiada al nopal y al águila. ¿Su señal había dicho? La miró también y sonrió para sus adentros. En cierto sentido era la suya también, era su Escudo, era la razón por la cual debía seguir luchando… ella y todo los mexicanos.
Miró al cielo. Estaba ya anocheciendo… Se preguntó como estarían sus amigos, si ya se habrían ido. Si la seguían esperando. Pero otras dudas también llenaban su mente… ¿Se habría visto tan hermosa la noche, mientras caminaban los aztecas hacia su futuro hogar? ¿O en el mar antes de que los españoles descubrieran nuestro país?
Hacía frio… y sin embargo nunca se había sentido tan abrigada.
Se tumbó en el pasto a mirar las estrellas… Pensó en todo lo que había visto aquel día en aquella casa supuestamente embrujada. La mujer siguió hablando, acerca del futuro… del miedo… de la unidad…
Elena deseó que su voz se escuchara como la de aquella mujer. Que detrás de sus palabras se oyera el eco de muchas otras voces que ansiaban lo mismo que ella. Qué los pasos que avanzara, o que retrocediera fueran también los de muchas otras personas… Los de su pueblo. Y deseó que aquella figura que se encontraba en el centro del jardín fuera la razón por la que se unificaran. Ser como él águila Fuerte y ágil en contra de la adversidad.
Aquella fue su señal… sus ganas de mejorar.
Un graznido triunfante llenó el lugar entero y el águila emprendió el vuelo, en toda su Gloria y Majestuosidad…
Elena decidió que era momento de hacerlo también.
Le dirigió una mirada de nuevo a la mujer… ¿Vendría con ella?
La anciana y el niño la miraron. El niño sonrió por primera vez.
-Gracias.- susurró Elena y cruzó el arco por el cual había entrado.
La música no había cesado, pero ahora no le daba miedo, si no al contrario la confortaba… Tenía tanto que contarles a sus amigos…
Fue entonces cuando supo a qué olía aquella casa. Aquel jardín y su fuente… a que olía ella misma ahora que había salido.
La casa entera tenía un Olor a Historia… a Vida.
A México.

miércoles, 17 de junio de 2009

De Trapo y de Porcelana


¿Nunca habías soñado con volver hacía tu infancia? ¿Con regresar a jugar, a soñar despierto? ¿A volar, sin siquiera despegar los pies del suelo?
Y aunque uno no se lo imagine… existen otras criaturas que también nos sueñan ver regresar. Nuestros recuerdos… nuestros amigos inseparables…
Existió una vez un sótano… en el cual, vivían esperando. Visitados solo por el silencio, un grupo de juguetes olvidados. En tiempos pasados, habían pertenecido a una niña, de la cual, ahora solo quedaba su versión estirada, que se la pasaba los días hablando de amores, y a veces gritando.
Algunos de aquellos juguetes se encontraban rotos. Otros, en perfecto estado, A algunos, el tiempo les había llenado de polvo… otros sin embargo, continuaban limpios.
Y ahí en una repisa, perfecta como siempre, se encontraba una muñeca de porcelana.
Muchos años atrás la abuela de la niña se la había regalado. Y había visto desaparecer a todos sus compañeros del cuarto, hasta quedarse como la única reliquia en el cuarto.
La verdad, es que, llevaba muy poco tiempo entre aquellos, juguetes.
¿Pero no era obvio? Solía pensar. Ella, el ser perfecto. Tenía la tez brillante, con unos inocentes chapitas rosadas en las mejillas. Sus dientes, hermosos como perlas, relucían en unos también perfectos labios rosados.
Y que bellos ojos verdes, que brillaban como esmeraldas, en su carita, de ternura, y su sonrisa siempre alegre. Llevaba el cabello, rubio y rizado, recogido en un complicado peinado.
Pero por supuesto, lo que más le enorgullecía era la bella y resplandeciente coronita plateada, que lucía como la misma luna en su cabeza.
Princesa de porcelana, si ese era su nombre. Así le habían llamado desde su llegada a la casa.
Dentro de la fragilidad de su cabeza de porcelana, no existía nada. Su fabricante, había tomado tanto tiempo en hacerla perfecta. Que se olvidó de darle algo con que pensar, y algo con que sentir.
Y era por eso, que dentro del vacío de su mente y de su pecho, cabía una sola cosa.
Su vanidad.

Mucha gente, decide ignorarlo… Pero, si, algunos juguetes si tienen corazón.
Y Princesa de porcelana detestaba a aquellos que lo tenían, por que ella creía merecerlo todo… ¿Por qué alguien tendría algo de lo que ella carecía? No lo entendía. Así, como tampoco sabía que era sentir… o pensar.
Por que tal vez si lo hubiera sabido, tendría conciencia de lo fría y falsa que lucía aquella sonrisa en su rostro.
Y sabría que a la porcelana, a razón de su hermosura. Una niña no la podía abrazar.

En otro rincón de aquella, fría habitación, se encontraba, también una solitaria muñeca de trapo. En su momento, las dos gotitas negras que tenía por ojos, relucían alegremente. Ahora, era solo una gotita, y estaba cubierta por polvo. Por sonrisa, tenía más que una línea curva bordada. Y su vestidito de mezclilla, estaba cosidito a su cuerpo.
Así, nunca tendría frío.
Estaba rellena, con aserrín… Vaya, no era una cosa de la cual podía presumir. Pero le hacía pensar, y gracias a ello, recordaba.
Pero sin duda alguna, su mayor orgullo, era su corazón, de trapo y como el resto de su cuerpo, se encontraba relleno de aserrín, en su centro.
Dentro de ella, había montones de sentimientos y pensamientos, que se enredaban dentro de ella, como un jardín de hermosas flores.
Por desgracia, era el tipo de belleza que nadie podía ver.
Pero, ello no importaba… ella era feliz, con sus recuerdos, y con sentimientos. Tratando de no escuchar, las “interesantísimas” historias de la princesita de porcelana. Quien por cierto, y sin razón aparente, la odiaba.
Nadie más tenía problemas, en escuchar los relatos, de la princesa… parecía que habían olvidado por completo de lo que ellos mismos habían vivido, la muñequita, podía ver, que sus amigos, habían perdido la esperanza.
Y, por si fuera poco… ella se limitaba a callar, aunque podría contarles cosas más bonitas.

Cierto día… o noche. Princesita se encontraba contando, de nuevo sobre ella… y como la adoraban allá arriba, cuando la muñequita de trapo decidió que lo que decía era demasiado tonto.
- ¡Eso no es cierto!- se escuchó una vocecita desde el fondo de la habitación.
Todos se volvieron a mirar asombrados a la muñequita de trapo.
-¿Cómo te atreves a decir eso?-
- Pues, si te quisieran tanto como dices… no estarías aquí abajo con nosotros.-
Nadie, absolutamente nadie, podía creer lo que estaba pasando.
La princesa de porcelana enmudeció… ¿Podría ser cierto lo que decía? mágicamente encontró dentro de ella el orgullo que necesitaba, para acallar aquella pregunta.
- ¡Tu no podrías contar ni la mitad, de las historias, que cuento yo!- Vociferó, princesita.
La otra muñequita, encontró en sus palabras la oportunidad…
Sintió que la luz regresaba a su único ojito.
- Si tan solo me dejaras contarles…- Inquirió esperanzada.
Pero, la carcajada sonora y fría de la princesa le hizo callar.
-Si, parece que nunca te has visto… Rota y sucia. No eres ni la sombra de lo que soy yo… ¿Por qué alguien preferiría escucharte a ti? No eres más que el recuerdo roto, de una infancia vacía.- Dijo sonriendo… Sin saber, que realmente hería a la muñequita profundamente.
Esta última no supo que contestar. Se quedó helada, en su sitio, como siempre lo había estado.
Un par de gotitas de agua mojaron, sus mejillitas de trapo.
Si hubiera podido. Si la hubieran dejado, eso les habría contado.
Les contaría a todos, acerca del día en el que aprendió a llorar.
Apretujada, contra el pecho de una niñita que derramaba lagrimas de tristeza sobre su cabello de estambre, susurrando las razones de sus lágrimas.
Y la muñequita de trapo, en silencio, compartía, y guardaba en su memoria todas las penas y alegrías…
En silencio… había escuchado.
Y había aprendido a llorar.
Pero no pudo contarles. Por qué el poco valor del que se había armado minutos antes… se lo habían arrancado a la fuerza con crueles risas, y palabras.
Miró hacía la repisa, de la Princesita de Porcelana y vio a quienes la acompañaban. A todos ellos, los conocía y los quería, todos ellos tenían una historia propia. Pero al final les parecía interesar más lo que podían ver.
¿Acaso tendrían razón?
Tan hundida estaba en sus pensamientos, y en su soledad, que no vio a la figura, que se divisó en la puerta.
En cuanto, se dio cuenta, vio también que fuera quien fuera, también lloraba.
Todos los juguetes enmudecieron. Y la muñequita de trapo, pudo jurar ver hincharse de orgullo a la princesita.
La chica comenzó a avanzar… por la habitación mirando a cada uno de los juguetes que ahí se encontraban, se detuvo a mirar a la princesa… con desdén y cansancio. Acto seguido, la ignoró por completo, y se volvió a otro lado.
Los ojos, de la muchacha brillaron de alegría cuando se posaron sobre la muñequita de trapo. Era su antigua dueña.
La chica se acercó a la muñeca, y la levantó con cuidado.
- ¿Las muñecas pueden llorar?- Dijo mientras acariciaba el rostro de ella.
El sol brilló en la mente de la muñequita.
¡Si! Quiso decir, y enseguida, la chica sintió que algo cambiaba, la atmosfera se volvió menos triste.
-Ahora recuerdo, por que me hacías tan feliz. ¿Cómo pudo dejarte aquí?- Dijo, y la abrazó.
Todos los muñecos, estaban mudos de asombro. En especial la princesa de porcelana que se encontraba indignada y enojada. ¿Cómo exactamente, habían ocurrido las cosas? ¿La habían ignorado? ¿Había, acaso preferido a la flácida y rota muñeca de trapo? ¿Tenía eso sentido?
La desesperación y la furia se apoderaron de la perfección de la muñequita de porcelana… trató de llamar la atención de la niña.
Trató de escapar de su inmovilidad.
Nadie jamás, había visto a un muñeco moverse… Ella era mejor, que un… lo que fuera que tuviese la muñeca de trapo.
Iba a ser el centro… otra vez.
Pero, la repisa era corta. Y la porcelana, como se sabe es un material, muy frágil…

El sonido de que algo se rompía, hizo sobresaltarse a la chica y a la muñeca que sostenía en brazos.
¿Cómo se habría caído la muñeca? Se preguntó mientras la miraba… estuvo un segundo, intrigada por el misterio, de la princesa de porcelana (Que ahora, reducida a trozos, no lucía, tan perfecta) y luego encogiéndose de hombros… subió las escaleras con su muñequita a un en brazos.


Los demás juguetes se quedaron anonadados… había ocurrido una tragedia, pensaban unos… No, no, aquello era un milagro, dijeron otros.
Lo que si, era obvio. Era que al final… los ojos de esmeralda y la sonrisa falsa… habían servido de poco. En cambio… un corazón… y una mente, habían hecho volver, a la vida a un recuerdo roto.
Llegaron a la conclusión de que, si bien, todos carecían de la gracia y perfección de la que había sido, su princesa. Todos tenían, sus recuerdos… su esperanza. Su corazón.
Y por un momento, en aquel sótano, gris y triste, visitado solo por el silencio… pareció brillar el sol.

CRISTINA NAKAD DELGADO

sábado, 18 de abril de 2009

Cuentos de Hadas


Pues esta es un cuentito que se me ocurrió un día mientras caminaba por las calles de mi fraccionamiento... También una de mis más recientes creaciones
Cuentos de Hadas
(Mi Lugar imaginario favorito)

“Que cosa tan curiosa es el silencio” pensó mientras miraba al cielo.¿Cómo había llegado ahí?... No sabía, ni le importaba. Pero disfrutaba inmensamente cada segundo de su estancia ahí.
En el claro de un bosque.
En silencio.
En paz.
Las estrellas parecían atentas a cada uno de sus movimientos a pesar de que no hacía nada interesante realmente, más que estar allí tendida en el suelo, iluminada por la luz de la luna.
“Brisa” se dijo. Repitió en su mente su nombre, para darse cuenta que realmente se sentía así, como viento. Ligera y libre…

En eso, alguien o algo la llamó. Miró en la dirección en la que lo había percibido, y se dio cuenta que a lo lejos había luces de colores.
Maravillada, decidió que era hora de dejar el plácido lugar en el que se encontraba, y unirse a la danza de las luces.
¿Qué eran aquellas cosas? Tan maravillosas y temibles a la vez. Como pequeñas bolas de fuego, que emergían de las profundidades del lago alrededor del cual danzaban.

Fuegos Fatuos. Recordó de pronto. Y se preguntó si las leyendas serían ciertas. En ese caso habría de alejarse. Y sin embargo no podía apartar los ojos de aquellos seres.
Se acercó a ellos, y no pudo retroceder de nuevo. Era simplemente, tan fascinante.
La danza engullía al tiempo e incluso a su propia conciencia. No se había dado cuenta de que se había unido a las luces de colores que la rodeaban y tintineaban una melodía mágica…
Lentamente, Brisa fue perdiendo corporeidad, y se fue convirtiendo en un alma libre, comenzó, a fundirse con los fuegos fatuos… Como si fuese una de ellos. Como si fuese aire, y no una persona.
Y mientras se transformaba, escuchó la voz de los fuegos fatuos y entendió su idioma. Entendió cada una de las cosas que decían y las historias que contaban. Historias para dormir que comenzaban siempre con la frase…
Había una vez…
Se acordó de cuando era chica. Recordó unas palabras dulces y un beso en la frente. Pasaron por su mente recuerdos de sueños alocados. De cuentos de hadas, de princesas, de lobos, de besos que rompían hechizos… y de una capa roja, de zapatos de cristal y sobre todo, del bien triunfando sobre el mal.
Recordó y recordó hasta quedarse dormida en medio de aquella danza de luces, en medio del bosque. Encima de un lago. Rodeada de fuegos fatuos Hadas de luz que velaron su sueño, hasta que llego la mañana…

Autora. CRISTINA NAKAD DELGADO

viernes, 17 de abril de 2009

Un día más


He aquí otra de mis historias. Está fue la primera que incursionó en el mundo del realismo, es la primera vez que escribí una historia que sucedía en este mundo, con problemas del mundo real. Etcétera... Ojalá y no haya metido la pata al hacerlo.

Un día más
Todo se había quedado en silencio. La gente se había ido por miedo a lo que se avecinaba. Toda la gente menos yo.
Yo seguía sentado en medio del salón, vestido de gala. Bebiendo de una copa de vino, con una rosa blanca en la mano. Esperando. Como si nada estuviera pasando, a pesar de que la mesa y el suelo debajo de mi se sacudían violentamente.
Tenía miedo, demasiado. Pero no me moví sin embargo. Tuve la sensación de que hacerlo sería un error.
Y entonces llegó ella.
Caminaba tranquilamente, por el salón que se caía a pedazos a su alrededor. Llevaba el cabello suelto bailando en su espalda y un delicado vestido blanco que bordeaba su figura.
Solo con verla, se me llenaron los ojos de lágrimas, y de alegría mi corazón.
-Pensé que no vendrías.- Le dije.
Ella me sonrió y tomó mi mano.
- No te dejaré solo, jamás.- Se ensanchó su sonrisa.- No lo olvides.-
- Hasta que la muerte nos separe.- dije. Tomé su mano con más fuerza y la acerqué a mí.
Y supe que era así. Su semblante sereno, me decía claramente que en verdad ella estaba ahí, por mí, pasara lo que pasara con ambos.
Nos miramos una vez más ambos con los ojos llenos de lágrimas. Y esperamos a la tempestad.

Después abrí los ojos, y tuve que esperar a que mis ojos se acostumbraran. La habitación estaba en total oscuridad. Olía a humedad.
Todo mi cuerpo estaba adolorido, a causa de la posición en la que había dormido, por los últimos meses.
Pero lo peor, era el terrible vacío que sentía en mi interior.


Comencé a llorar, cuando recordé que en el lugar en el que estaba, nadie, iba a sostener mi mano, ni a decirme que no estaba solo.
Pareció que el pequeño cuarto en el que estaba, se caía encima de mi, cuando recordé, que el vivir o morir ese día, dependía de una cantidad de dinero.
Un hombre, bajó las escaleras y depositó en una mesita, bruscamente, un plato de comida. Encendió la luz.
Le dirigí una mirada de amargura. Lo escuché subir las escaleras y cerrar la puerta con cerrojo.
La puerta detrás de la cual había luz, viento y libertad. Todo aquello que ellos me habían arrebatado.
La comida, apenas la probé, de todas formas era una miseria. Después me senté resignado en el catre. Con un único pensamiento en la mente. Mi familia.
Me dolía más pensar en, que, mi ausencia teñía de tristeza y miedo sus días que lo que yo mismo vivía.
Todas las noches, estaban en mis sueños, todos los días era en lo único en lo que podía pensar.
En volver a estrechar entre mis brazos a mi esposa.
En besar la frente de Paula a la hora de dormir.
En despertarme en la madrugada por el llanto del bebé.
Por que, en realidad, a lado de eso, lo demás importaba poco.
De nuevo el silencio y la soledad se alimentaron de la poca esperanza que me quedaba.

Después de un rato, volví a oír, que abrían la puerta. Era una muchacha de unos dieciséis años que vivía allí. Todas las tardes me iba a visitar. Y me contaba cosas.
- Lo siento.- Me dijo, como hacía siempre.
Yo sabía que no era su culpa, sabía que ella daría todo por sacarme de ahí.
- Creo que se como hacerlo sabes.- susurro, como el que tiene miedo de que las paredes escuchen.



- Se como sacarte de aquí.- Añadió, aún con miedo.
La miré en sorprendido. Ella me sonrió con tristeza al tiempo que sacaba un papelito de detrás.
-Es tu teléfono, puedo llamar y decirles donde estás… y entonces vendrá la policía, y…-
- Se los llevaran a todos.- Completé con frialdad y amargura,- incluso a ti ¿sabes?-
Sus ojos de avellana se posaron en los míos, y observé una profunda tristeza, en ellos.
- Yo no perdería nada. Tú volverías a ver a tu familia. – añadió como si eso fuera suficiente como para dar su libertad por la mía.
Pareció leer mis pensamientos.
- Yo tampoco soy libre.- concluyó al fin, en un sollozo. – Sería lo mismo, solamente sería legal y con barrotes-
Se echó a llorar. Y no pude hacer más que abrazarla, hundido en mis propios pensamientos…
No estábamos en una situación tan diferente.
Alguien, con la voz sumamente ruda la llamó, ella, se limpió las lagrimas con un movimiento rápido y dirigió una mirada. “Ayúdame” parecía decirme.
Acto seguido se fue…
“Ayúdame”… ¿Pero como? Ambos estábamos, encerrados, ahí...
Tal vez, quizá ella lo único que quería, era… No podía saberlo.

Pasó el tiempo. Volví a dormir y a despertar. De nuevo no supe si era día o noche. Otra vez, recibí las visitas de la muchacha, quien me rogaba que la dejara ayudarme.
Todas las noches, yo soñaba lo mismo, veía a mi esposa, acercarse a mí en medio de una tempestad inmensa. Me tomaba de la mano y me juraba que no me dejaría solo… Y yo le creía, aunque no estuviese ahí en realidad.

La chica y mis sueños, de alguna manera reavivaban la esperanza que el silencio había consumido.

Y un día (O noche), abrí los ojos… Y no pude ver nada.
Tardé un buen rato en darme cuenta de lo que pasaba. Alguien había colocado una venda en mis ojos, y me conducía, aunque no amablemente, hacía algún lugar, no sabía en donde estaba… Me subieron a algún vehículo.
-Eres libre, Eric- Dijo una voz dulce… Era la muchacha…- Lo lograste.-
Y me tomó la mano. Hasta que llegamos.

Me bajaron del vehículo. Y simplemente lo oí arrancar. Después unas manos temblorosas, me quitaron la venda de los ojos, escuché entre sollozos una voz conocida, era… No podía ser posible.
La luz me deslumbró. Y ver su rostro a través de toda la luz que entraba por mis pupilas era una bendición.
Mi esposa, lloraba de alegría igual que yo… Nos fundimos en un abrazo que me pareció durar una eternidad, o al menos, mucho más tiempo, del que había permanecido, encerrado…
En ese momento supe, que mis sueños, habían sido realidad. Que ella había estado ahí… En medio de la tempestad.
Quise correr y subir al árbol más cercano como si fuera un niño… Y gritarle al mundo, que había vuelto, que estaba con ellos, otra vez… Y que nada iba a separarnos de nuevo.
Aquel día, reí, canté y grité como nunca lo había echo. Dí gracias a Dios y a la vida, por permitirme estar ahí.
Por darme un día más.

Autora: Cristina Nakad Delgado
“Somos como el fénix, Esperanza, Con una larga vida por delante.”
Pam Muñoz Ryan, Esperanza Renace

Psicofonía


...A mi la inspiración me llega de cualquier forma, y con esta historia me ocurrió con una canción. Con Psicofonía de Gloria Trevi...Fue rarisimo como en mi mente comenzaron a entretejerse imagenes con la letra de la canción... y así nació la historia redactada...
Psicofonía
Cada final es un nuevo comienzo, incluso cuando la vida acaba, algo nuevo empieza, un nuevo viaje. Tal vez un nuevo mundo. Pero nadie puede saberlo con certeza hasta que muere y en algunos casos, la espera, puede durar mucho más tiempo.
Por fin era de noche, Mateo había esperado pacientemente a que el sol cayera para que el manto nocturno acariciara su alma y el, pudiera salir a vagar por el mundo que lo había visto morir, suponía que mucho tiempo atrás, pero no podía saberlo, había perdido la cuenta. De todos modos, de nada le servía, ya que el paso del tiempo lo ignoraba, no podía dañarlo como a los que aún seguían vivos. Ahora, era solo un recuerdo de un hombre.
Detestaba su situación, invisible, mudo y atrapado…su existencia no tenía sentido. No la había tenido mientras vivía, y no la tenía ahora que estaba muerto.
Se alejó como de costumbre del lugar que había llamado hogar durante su vida, la misma casa que ahora, actuaba como una prisión que solo abría sus puertas durante la noche y estaba condenado a volver por la mañana. La aurora era para el una cadena que lo llevaba de vuelta a su exilio.
La calle estaba por completo vacía, solo la soledad se paseaba por ella. Las ventanas de todas las casas tenían las luces apagadas y casi todas las camas ocupadas…Excepto de una, en la que se encontraba una joven, de unos diecisiete años, sentada al pie de su ventana, mirando a través de ella como esperando despertarse en cualquier momento de alguna extraña pesadilla, una larga melena de color castaño claro se deslizaba por sus hombros. Era bastante linda. Pero para Mateo, simplemente, parecía estar lo suficientemente distraída como para llevarse un susto inolvidable. Jamás pensó que las cosas ocurrirían al revés.
Se acercó a la ventana y se colocó justo enfrente de la chica, ella aún no podía verlo, así que se dejó ver con una sonrisa siniestra, esperando un grito o alguna reacción parecida, Fue lo que obtuvo lo que lo desconcertó.
Al principio ella se limitó a mirarlo como si de repente lo hubiera reconocido, y después, le devolvió la sonrisa. Y fue una sonrisa llena de calidez y de ternura. Ambos se perdieron en la mirada del otro y por un momento nada más pareció importante, parecía que después de mucho tiempo se hubieran reencontrado.
Ella abrió la ventana, y una ráfaga de viento helado le caló hasta los huesos y le sacudió el cabello, aquello no le importó. Se acercó a el con curiosidad…trató de tocarlo, pero sus dedos solo rozaron el aire.
-- ¿Angelique? –preguntó una voz masculina desde la puerta de la habitación-- ¿Qué diablos estás haciendo? --El hombre la apartó de la ventana-- Está helado allá afuera --dijo y la cerró de golpe.
-- ¿Lo viste? --preguntó Angelique, al ver que su padre actuaba de lo mas normal, ¡Había un fantasma en su ventana!
-- ¿A quien tenía que haber visto? --le preguntó el hombre, perplejo.
–Al…fantasma --le contestó ella, distraída. Mirando a la ventana, buscándolo, no había nadie.
Su padre se echó a reír
-- Ay hija, ya es muy noche y creo, que deberías irte a dormir…ya estás alucinando –dijo mientras apagó las luces y salió riendo-- Al fantasma –masculló entre risas mientras se alejaba pasillo abajo.
A Angelique, aquello, no le causo gracia. Lo había visto, de eso estaba segura. Resignada se acostó en su cama. Y se quedó ahí en silencio. Tardó bastante en dormir, no podía. La mirada del fantasma ocupaba sus pensamientos.
Mateo, tampoco podía olvidarla, jamás se había sentido así, ni siquiera cuando estaba vivo, nunca había tenido la necesidad de proteger a alguien, como la tenía de protegerla a ella. Angelique no se había dado cuenta de que el, seguía al pie de su ventana, viéndola dormir, en completo silencio.
Comenzó a amanecer y se vio obligado a regresar a su casa, y una vez ahí quiso hacerle un regalo, y deseó con todas sus fuerzas que ella pudiera escucharlo, y así, con el amanecer, Mateo empezó a cantar.

Angelique se despertó en la madrugada con una suave melodía de fondo, la canción, decía cosas hermosas, y la voz que la interpretaba era muy bella también. “¿De donde viene ese sonido?” se preguntó y como una sonámbula se vistió y fue en busca del intérprete. Mientras caminaba no pudo evitar preguntarse si lo que había vivido la noche anterior, había sido solo parte de un sueño…otro de ellos.
La música la guío hasta una casa, que según ella, llevaba varios años abandonada. Tocó la puerta un par de veces, y esta se abrió completamente sola.
Por dentro, la casa, tenía un aspecto muy triste, seguía amueblada, pero todas los muebles estaban cubiertos con mantas blancas ya cubiertas por completo de polvo, todas las paredes eran grises, y tenían en varias partes, el tapiz rasgado, había telarañas en cada esquina y casi todas las puertas estaban abiertas.
Triste.
Era la única palabra que lo describía.
Dentro de la casa el sonido parecía venir de todas partes, Angelique no sabía por donde empezar a buscar, así que se limitó a sentarse, en un sofá y a embriagarse con la música. Era un sonido hermoso, casi mágico, que parecía estar ahí a la vez muy lejos, como en otro mundo, como si existiera y a la vez, no. Como la voz del pasado, tratando de llegar al presente.
Pasados unos segundos, la curiosidad de Angelique por saber quien era el intérprete se renovó, y algo dentro de ella, le decía, que fuera quien fuera, estaba pensando en ella.
Buscó por toda la casa, pero parecía estar vacía, Angelique llegó a pensar que todo, había sido parte de una alucinación e incluso imaginó que tal vez, seguía dormida.
– ¿Quién eres? ¿Dónde estás? --le grito al viento esperando ser escuchada. Por alguien, quien fuera.

Fue entonces que Mateo notó su presencia, y una cálida sensación recorrió su alma, era ella, la persona por la que había estado cantando, estaba ahí, buscándolo.
-- Mi nombre, es Mateo --contestó-- y estoy aquí, a tu lado --susurró en el oído de ella, aún invisible. La chica se sobresaltó. La voz había sonado tan cerca de ella y sin embargo en cierto modo, no parecía estar ahí. Mil preguntas cruzaron por su mente ¿Quien era el? ¿De donde venía? ¿De su mente? ¿Qué estaba sucediendo?...
-- Déjate ver --le pidió en un susurro casi imperceptible, sentía que se estaba volviendo loca, necesitaba, saber, donde estaba, y si estaba ahí en realidad.
El rió quedamente, adivinando lo que ella pensaba, y apareció a su lado.
-- Angelique ¿Cierto? --Le preguntó con una sonrisa.
Ella no contestó de inmediato, con la emoción, las palabras se habían congelado en su garganta.
Era el, exactamente el mismo fantasma, que había aparecido en su ventana. Eran exactamente los mismos ojos color bronce que la miraban con profundidad e incluso tristeza. El mismo cabello negro y lacio que le llegaba hasta el cuello. Podía ver a través de él, igual que la noche anterior.
–Si --susurró incrédula.
Era el…una parte de ella no acababa de creerlo. Cuando por fin acabó de convencerse de ello, sonrió. Se miraron, como la primera vez. Atrapados en sus miradas, y en las extrañas sensaciones que les provocaban tenerse en frente. Como si se pertenecieran. En ese momento cualquier palabra hubiera sobrado.
El le tendió la mano con un gesto amistoso y una sonrisa en los labios. Ella, lo miró perpleja, sabía que si lo tocaba su mano lo traspasaría. Como si el no estuviera ahí. Solo encontraría aire en donde debería de estar su cuerpo.
Pareció que el, había notado su inseguridad, ya que acercó su mano a la mejilla de ella, y con cuidado. Tal vez con miedo la rozó con esta. Angelique, sonrió, lo que estaba sintiendo en ese momento, no lo había sentido jamás, era como si una suave brisa la acariciara, hubiera deseado que aquella sensación no terminara nunca. Más que tocar su piel, el parecía darle caricias para el alma, al igual que la música. Los incorpóreos dedos del fantasma, exploraban, lo más profundo de su ser. Con solo tocarle la mejilla. Cerró los ojos y se dejó llevar por la sensación, desprendiéndose de todo y de todos, olvidándose de la existencia del tiempo y del espacio. Se dejó llevar por la música que Mateo entonó, rompiendo en pedazos al silencio.
Mateo percibió la entrada de la noche y calló un momento.
-- ¿Por qué te detienes? --preguntó Angelique algo desconcertada.
– Es de noche --susurró él-- Creo que deberías irte, tu padre debe estar preocupado por ti.
Ella lo miró perpleja por un segundo, aunque luego pareció recordar la existencia del tiempo y lo que eso significaba. Abrió mucho los ojos, y se levantó con rapidez, Mateo tenía razón, su padre debía estar muy preocupado, por ella.
Se fue sin despedirse. Salió disparada por la puerta extremadamente preocupada por su padre, aunque una parte de ella, quería regresar al lado del fantasma. La sorpresa le había echo salir disparada de la casa. Ya iba a la mitad del camino cuando se percató de que no le había dado un último adiós a Mateo, y se preguntó si lo volvería a ver. Deseo que fuera así y entró a su casa.
Efectivamente, su padre estaba demasiado preocupado, ¿Dónde se había metido Angelique? La pregunta rondaba una y otra vez su mente, mientras caminaba de un lado a otro como un loco. Mil ideas, cada una más terrible que la anterior aparecían en su mente poniéndole más nervioso.
Alguien llamó a la puerta, y el corrió hacia a ella, tenía que ser Angelique, si no, abandonaría toda esperanza. La abrió con desesperación y ahí estaba ella en la puerta.
-- ¡Angelique! --exclamó el hombre con alegría y envolviéndola en un abrazo-- ¿Dónde te habías metido?-- le dijo en un tono que pretendía ser de regaño, pero no podía ocultar la emoción.
La mente de Angelique comenzó a trabajar rápidamente tenía que inventar una excusa, pero no podía mentir, no era buena en eso
-- Estuve con un amigo, se llama Mateo, fui a verlo…cantar --dijo rápidamente. Aquello en realidad, no era mentira.
Su padre la miró perpleja.
– ¿Todo el día? --preguntó.
Angelique asintió con la cabeza.
-- Me invitó a cenar --Mintió antes de subir rápidamente, las escaleras hacia su cuarto.
Se tumbó en la cama como en un sueño, no podía creerlo, nunca se había sentido así, y aquellos sentimientos le pertenecían a un fantasma. Era un tanto extraño, pero la sensación que le provocaba no se comparaba con absolutamente nada.
Se quedó en silencio, tratando de no romper el hilo de sus pensamientos, pensando en una solución para estar con Mateo. Recordando con alegría cada nota de su música. Al poco rato se quedó dormida, pensando en el.

Pasaron tres años desde que ambos se conocieron, y con el tiempo, Angelique se había convertido en una chica solitaria y silenciosa. Como una sombra, y a pesar de ello la gente seguía notando su presencia.
“Loca” susurraban cuando pasaba al lado de ellos. Pero ella parecía no escuchar, lentamente se había acostumbrado a los susurros y se alejó del mundo que no comprendía a los latidos de su corazón. Incluso su padre parecía temerle y había llamado gente para que hablara con ella. Gente que basaba sus criterios en libros sin escucharla de verdad.
Pero a pesar de todo, ella, era inmensamente feliz y estaba llena del más puro y sincero amor, Mateo y ella estaban unidos solamente por sus almas. Habían traspasado todas las barreras que les impedían estar juntos, excepto una, la más delgada, y más frágil. Que sin embargo era la más difícil de romper.
La vida.

Una tarde Angelique se encontraba mirando a la ventana de su cuarto recordando aquella mágica noche de invierno, cuando vio por vez primera a Mateo, y casi pudo sentir de nuevo la sorpresa que le provocó la aparición del fantasma en su ventana, y recordó con total claridad, como el susto repentina e inexplicablemente se transformó en alegría. Recordó lo rara que se había sentido esa noche y lo que ocurrió a la mañana siguiente.
Sonrió. El día le había abierto el paso a la noche.
Mateo apareció unos minutos después a su lado, sonriendo…su alma brillaba de manera extraña, pero hermosa a la vez. Exactamente de la misma forma en la que brillaban los ojos de Angelique. Ella le devolvió la sonrisa
-- Te extrañé --le susurró él
-- Los días siempre son más largos que la noche --dijo ella también en un susurro.
El se acercó para acariciar su pálida mejilla.
-- cada vez más largos – susurró este.
Alguien tocó a la puerta.
-- ¿Angelique? ¿Estás ahí?
La aludida suspiró.
-- Ya lo sabías --dijo con una voz increíblemente fría e inexpresiva—. Pasa --le dijo.
Su padre entró por la puerta como temiendo que alguien lo atacará al entrar.
Era inútil, Mateo ya había tratado de ser visible ante el hombre demasiadas veces, pero era como si sus ojos fueran inmunes al fantasma…no lo quería ver, prefería pensar que su hija estaba loca a admitir la existencia de Mateo.
-- ¿Con quien hablabas? --preguntó el hombre.
-- Con Mateo --contestó ella inmediatamente.
Su padre saltó un poco al escuchar el nombre y su cara se contrajo en una mueca de desaprobación, desde que había asumido que la existencia de Mateo era producto de la imaginación de su hija, le temía al nombre, aún esperaba dejarlo de escuchar algún día…pensaba que su hija lo olvidaría.
-- Está bien --dijo--, solo quería saber si estabas bien-añadió.
-- Pues lo estoy --le dijo su hija de nuevo con aquel tono frío.
Su padre salió de la habitación.
--No deberías ser tan dura con el --susurró Mateo en su oído-- Trata de comprenderlo…-- Empezó el.
-- ¿Por que habría de hacerlo si el se conforma con etiquetarme? --le espetó ella enojada. De pronto una sombra invadió su rostro y las lagrimas sus ojos-- Mateo…ya no se que hacer…Eres lo único que me queda, a veces creo que debería estar…
Mateo la miró a los ojos.
-- No lo digas…por favor no… --dijo al momento que la abrazó con sus incorpóreos brazos, ella se calmó casi al instante y deseó poder apegarse más a el, que el contacto con el fantasma fuera más…real, aunque sea solo esa vez.

Pasaron varios días, después de aquel. Pero para Angelique, el tiempo pasaba, cada vez más lento. No podía esperar a que llegara la noche y poder estar con el.
Su padre seguía mandando doctores a la casa, estaba harto de que Angelique no escondiera lo que pensaba, lo que sentía e incluso lo que veía.
Tenía la esperanza de que aunque sea uno de ellos le iba a decir que todo estaba bien, que su hija no estaba loca, que podía seguir ahí, viviendo con el. Pero cada hombre o mujer que veía a su hija, al salir lo miraba como disculpándose y negaba con la cabeza. No había necesidad de palabras.
A Angelique por su parte le molestaban aquellas visitas, y a veces, también le asustaban, sabía lo que los doctores pensaban y decían de ella. Por eso, temía que un día su padre decidiera mandarla lejos….a un hospital psiquiátrico. Sabía que, si lo hacían, probablemente no volvería a ver a Mateo y, eso sería quitarle todo.

Sucedió una fría tarde de invierno, el cuarto que pasaba desde que se habían conocido. Angelique había salido de su casa y caminaba por la calle cuando la vio. Fuera de su casa, había una ambulancia. Se quedó fría un segundo, solo cruzaron dos ideas por su mente, y ninguna era agradable. Leyó lo que decía en la inscripción del coche. No reaccionó.
Venían por ella, no había duda.
Seguramente, la estarían esperando dentro. Trató de pensar ¿Qué podría hacer? ¿Correr? ¿Pero hacia donde? Le echó un vistazo a la casa que se encontraba cruzando la calle y reflejado en la ventana con una expresión seria, Estaba Mateo, Angelique casi pudo ver el evidente miedo que brillaba en los ojos del fantasma. Le dirigió una mirada suplicante. El le dijo que avanzara. Y luego desapareció.
Respiro hondo y entró a su casa, deseando que todo saliera bien.
-- ¿Angelique? --se escuchó la voz de su padre mientras ella se adentraba por el pasillo. Iba lentamente.
– Si papá, soy yo --dijo tratando de fingir que no sabía lo que probablemente iba a pasar cuando apareciera en la sala.
El hombre se reunió con ella en la entrada. Parecía arrepentido.
–Hija, no sabes cuanto lo siento, pero, no puedo seguir viéndote así…
El no necesito decir una palabra más Angelique entendió al instante. Fuera quien fuere quien estaba allí, venía por ella y la alejaría de Mateo.
– No --fue la única palabra que pudo formular, fue un susurro casi imperceptible. No --repitió un poco más fuerte, cuando vio a un trío de sombras en la pared aproximándose.
Aparecieron de repente tres hombres vestidos completamente de blanco. A pesar de estar uniformados igual, No le fue difícil a Angelique saber lo diferentes que eran por dentro.
Uno de ellos el más alto y claramente el de mayor edad miró a Angelique fríamente…Tanto como un cazador que mira a su presa, antes de echársele encima.
El que se encontraba a su lado, miraba todo con aburrimiento, como si todo aquello no fuera importante en lo absoluto.
El más joven de ellos…en cambio la miraba con curiosidad y duda…parecía preguntarse si lo que estaba a punto de hacer realmente era lo correcto. Ella clavó sus ojos azules en el muchacho. Y los llenó de suplica. El no tardó en desviar la mirada incomodo, y en cierto modo asustado…Había fuerza y luz en los ojos de la chica, aquello era un error.
--¿Es ella? --preguntó el alto, con un tono carente de emoción.
Angelique abrió mucho los ojos, tenía miedo.
–No…yo no. No estoy loca --susurró, llena de desesperación casi sin poder pronunciar las palabras–. El es real --Gritó, ahora con lagrimas en los ojos.
Uno de los muchachos, rió entre dientes, el alto le hizo callar.
–Tranquila --siseó el hombre con llana voz y, se acercó a ella--. Tendrás que acompañarnos-- Le dijo como si eso la fuese a tranquilizar.
-- ¡No! -- gritó ella.
Definitivamente no iba a salir de esa casa…no se iba a lejar de Mateo
-- ¡No! --gritó de nuevo, completamente alterada. Tenía que pensar en algo lo más pronto que posible. No podía dejar que el hombre diera un paso más.
-- Hija --le dijo su padre al ver que ella no reaccionaba y se acercó a ella.
-- ¡No! --Volvió a gritar Angelique, antes de salir corriendo.
No le importó el frío que hacía. No tuvo tiempo de saborear el silencio que reinaba la calle. Solo importaba lo que sucedería si no salía de ahí antes que las sombras blancas que la perseguían llegaran hasta donde estaba. Eran tres y ella, era una. No podría hacer nada. Miró a su alrededor con los ojos empañados por las lagrimas. ¿Qué era todo esto? Deseó con todas sus fuerzas que solo se tratara de una pesadilla.
Las cuatro figuras que salieron de su casa le recordaron que todo era real. Algo le dijo que huir sería inútil. Dejó que se acercaran, dejó que la sujetaran. Pareció no ver, ni escuchar nada, se limitó llorar desesperadamente y a decir a gritos que no estaba loca. Pero nadie la quería escuchar. Solo uno de ellos, la miraba con ojos de realidad, pero no dijo nada.

Mateo observó la escena desde la ventana. Todo, desde que Angelique había salido de la casa había pasado por sus ojos. Se dio cuenta de que ahí dentro no podría hacer nada. El sol le dijo al oído que su presencia no lo dejaría salir de ahí, que el día lo había vuelto un testigo mudo de la injusticia.
Mas que nunca forcejeó contra las cadenas que lo ataban a la triste realidad, trató de salir y trató de atravesar la ventana pero fue como si fuese un ser de carne y hueso se estrello contra ella, y se rompió. Aquello captó la atención de Angelique, su padre, y los doctores… Era el momento de demostrar que ella hablaba con la verdad, que el existía. Gritó con toda la fuerza que podía tener siendo un ser incorpóreo, la primera palabra que le vino a la mente.
--¡No! --un gritó desgarro el aire, con angustia y dolor.
Angelique y el doctor mas joven miraron exactamente a la dirección donde se encontraba Mateo. Los otros tres lo ignoraron.
– Es el --dijo la chica y una sonrisa de esperanza curvó sus labios. Lo habían oído, habían visto romperse la ventana.
“Es cierto, todo es cierto ella esta enamorada de un fantasma, y el fantasma de Angelique” pensó el muchacho, mientras abría los ojos como platos. Una sombra de angustia invadió el rostro de su padre. No era la primera vez que oía esa voz, pero era la primera vez que se percataba de ello. Los otros dos doctores fingieron con total naturalidad, que no había pasado nada y continuaron forcejeando con Angelique.
-- Ustedes lo escucharon no pueden fingirlo, el está aquí…--Se echó a llorar de nuevo ¿Cómo era eso posible? Ni si quiera la aparición de Mateo pudo impedir que acabará dentro de la ambulancia.
Su padre se quedó observando en silencio como se alejaba su hija. Unas lágrimas se derramaron por sus mejillas. Su hija. Lo único que le quedaba, el mismo la había alejado de el y ahora no podría hacer nada…pero. ¿Y si todo fuera un error?
Mateo miró al hombre por desprecio al mismo tiempo que sintió la llegada de la noche. Pero no había nada más que hacer era ya demasiado tarde para seguirla.

-- Ella, no está loca --Susurró el muchacho mientras hacia guardia esa noche junto con los otros dos psiquiatras que lo acompañaron a buscar a Angelique, tres días antes – Y ustedes lo saben, ustedes escucharon ese grito, y vieron la ventana caerse en pedazos inexplicablemente.- No obtuvo respuesta -¡No pude imaginar lo mismo que ella! --Estalló de pronto. El mayor también pareció enojarse, golpeo la mesa con el puño, y se acercó al chico.
-- Más te vale tener cuidado con lo que dices muchacho, no serías el primer doctor encerrado en el lugar donde trabaja, por dejar salir todo lo que ve y escucha --Mantuvo la cara muy cerca de la del chico con la mirada fría y dura. Silencio.
-- ¿Qué quiere decir con eso? --estalló el muchacho de pronto-- ¿Qué debemos dejar que se encierre a gente inocente, para salvar nuestro pellejo? ¿Qué debemos ocultar la verdad por miedo a salir mal parados?
La pregunta se quedó flotando en el aire sin contestación aparente. Y sin embargo, para el, todo quedó muy claro.
Avanzó por los cuartos, sabiendo muy bien a donde se dirigía entró en la habitación de Angelique y la encontró sentada, en el medio. Despierta a pesar de lo entrada de la noche. Ella ni siquiera lo miró
– Tu lo oíste… --No fue una pregunta--. Y no dijiste nada, te limitaste a ser un testigo, sabiendo que podías ayudarme --Su voz era una mezcla de frialdad, reproche y tristeza. Lo miró de nuevo con los ojos llenos de lágrimas.
-- Lo intenté…pero ellos no quieren escuchar, les importa mas su bienestar que el de otras personas --Automáticamente después de decirlo, se dio cuenta de que ella tenía razón y lo que había echo tres días atrás no tenía nombre. Lo siento --murmuró. La miró también con el arrepentimiento claramente pintado en el rostro.
Ella asintió, se había dado cuenta de que el hablaba con la verdad. El se sentó en silencio a su lado. “Ella no merece estar aquí, merece estar con quien sea quien ella quiera…sea lo que sea.” Pensó.
– Ya no tiene sentido --Le dijo Angelique. La gente y las cosas, que aún me ataban a esta vida se alejaron también --su voz tembló en mitad de las palabras--. ¿De qué sirve, si no puedo disfrutar la vida?, ¿Si lo único que me va a rodear son estas paredes blancas? ¿De que me sirve, si la única persona que me ama, esta muerto? --se detuvo para pensar en el, y por fin pudo comprenderlo. Comprendió su desesperación por salir de ese mundo al que no pertenecía más. Se echó a llorar cuando se dio cuenta de que esa, era ahora también su realidad.
El doctor se quedó en silencio el hasta llegar la mañana. Escuchó atento la historia de Angelique. Ella había vivido con su madre la mitad toda su infancia en el campo. Hasta que vino la enfermedad y cambió su vida entera. El muchacho escuchó con el corazón encogido los últimos momentos que había vivido Angelique en compañía de su madre, antes tuviera que mudarse a la ciudad.
Luego apareció Mateo. Una luz en medio de las sombras. Una esperanza de que existía un más allá. De que su madre, no había desaparecido. Escuchó y comprendió todo con claridad, no había necesidad de palabras o consejos, con eso bastaba

Pasó el tiempo y Angelique se fue yendo con el. La vida en el manicomio la iba consumiendo lentamente. Las personas que ahí vivían llevaban la tristeza marcada en la mirada, y los doctores, tenían sombras en los ojos… Las sombras de un peso que no les correspondía cargar. Todo aquello iba a acabar con ella. Cada día se veía peor, casi no dormía y casi no comía, se había convertido en un alma herida de tristeza sostenida por un cuerpo igual de débil. Solo quedaba esperar.

Mateo miró a la ventana rota y no pudo evitar acordarse de aquel día en el que le arrancaron la vida por segunda vez, cuando de repente todo pareció desaparecer frente a sus ojos.
–Tu alma es libre Mateo… --le dijo una voz salida de la nada…una voz que Mateo había escuchado varios años antes, el día que había muerto–. Encontraste lo que debías…ahora puedes descansar en paz.
“¿Sin ella?” Se preguntó el. Trató de luchar contra ello pero lo arrastró hacia el infinito, hacia el mundo de las almas. No podía irse sin ella, no podía descansar en paz sin ella a su lado.

Pronto no le quedaría fuerza ni para levantar un alfiler. Pronto habría acabado todo. Pero le faltaba algo, no podía irse sin el a su lado.
–Mateo --Masculló como el sediento en mitad del desierto--. Mateo --dijo tratando de mantenerse hasta que el llegara.

--Solo hay una cosa que debes hacer antes --dijo la voz a Mateo.
El apareció en una habitación blanca. ¿Dónde estaba? ¿Qué tenía que hacer?, sus ojos recorrieron la estancia en busca de la respuesta. No tardó mucho en encontrarla.
– ¡Angelique! --dijo y se acercó a ella. La chica lo miró y sonrió con algo de dificultad--. Estoy listo para irme -empezó-, pero no estoy dispuesto a irme sin ti, porque tu eres la razón de mi libertad. Ya que incluso en vida, yo pensaba que mi existencia, era un cruel capricho del destino, igual pasó en mi muerte…Hasta que te conocí, eres la única luz que existía entre las sombras que me cubrían. No me puedo ir sin ti…porque me diste más vida en la muerte…que en la vida misma. Ven conmigo --suplicó este tendiéndole su ectoplasmática mano.
Ella no necesitaba que se lo dijera.
-- Te amo --susurró la susodicha tomándole la mano con seguridad.
El se acurrucó a su lado, le cantó una última canción para velar el sueño eterno en el que se, Angelique se había hundido. Cerró los ojos y dejó que la muerte, los transportara a la eternidad. Dejo que la muerte los uniera para siempre.

-- Tenemos que avisar a su padre --dijo uno de los doctores a un asustado muchacho de unos veinte años--. ¿Hora de la muerte? --le preguntó tratando de no pensar en el porque
-- Cin..co cua-cuarenta y cinco AM --susurró el chico lleno de terror.

Todo estaba en penumbras, y sin embargo Angelique sabía que no estaba sola. Mateo estaba con ella. El tomó su mano, y un sentimiento extraño la recorrió, era diferente a lo que sentía cuando estaba viva pero seguía siendo extraordinario. Ella elevó una mano hasta la mejilla de el y la acarició.
– Te amo --susurró, se sentía completa.
-- Yo también --contestó Mateo con total sinceridad.
Estaban juntos... Lo habían logrado. A pesar de todo. No pudo evitarlo y la besó con alegría y fuerza. Ambos bebieron de ese beso y de todo ese amor…Ambos supieron que aquel no era el final.
Entonces se abrió la puerta, como una estrella que se difumina hasta volverse en una gran luz. Una bienvenida a una nueva vida, después de la muerte. Compartieron una mirada y se tomaron de las manos. Avanzaron juntos hacia lo desconocido, lo que pasara después, no importaba ya. Su amor los mantuvo unidos a pesar de todo y era lo más importante.

Fin
Inspirado en la canción de Gloria Treviño “Psicofonía”
Autor: Cristina Nakad Delgado
“El amor es el único puente entre lo visible y lo invisible que todo el mundo conoce”
Paulo Coelho, Brida.

Sueño a la mexicana


Este es uno de los primeros cuentos que escribí... y lo hice para un concurso de la SEP aquí en México. Ojalá y les guste


Esta mañana me desperté de un sueño muy extraño. En él, yo estaba mirando a la ventana de mi cuarto. ¿Qué veía?, no se, ni siquiera sé que estaba haciendo en esos momentos en mi habitación, aunque, parece lógico que una niña esté en su cuarto a altas horas de la noche. Sin embargo, no me sentía como una niña… al menos no la niña que estaba mirando a la ventana.
Entonces fue cuando me di cuenta. La niña de la ventana no era yo o yo no me encontraba en mi cuerpo.
¡Imposible! Ambas teorías eran inverosímiles.
Me acerqué a lo que creí que era yo y me observe detenidamente. Definitivamente era yo, nadie tenía ese semblante…excepto yo ¡Claro!, era como mirarme al espejo con otros ojos, unos ojos más audaces, con una visión más fina que la de cualquier humano. Volví la cabeza hacia el espejo para ver al extraño nuevo portador de mi mente… Era un águila.
Un sentimiento extraño me recorrió ¡Era libre! Y por mis venas corría la sangre de un guerrero. La sangre de nuestros antepasados más remotos. Grazné con fuerza…demasiada, de hecho. No podía despertar a nadie, si lo hacía sería mi fin, sería un ave de cautiverio por el resto de mi vida ¡Qué horror! ¡Yo estaba hecha para ser libre! ¿Por qué enjaular toda esta libertad, todo este poder? Si así se sentían todas las aves (y no dudo que así es) debía convencer a mi tío de que liberara a sus canarios.
Salí volando por la ventana que sorpresivamente estaba abierta ¡Que bien se sentía! ¡Qué sensación tan bella…tan diferente! Estaba tan ocupada sintiéndome plena y libre, que no me di cuenta de lo que ocurría debajo de mi. El relieve, definitivamente, no era el de mi jardín, el suelo era rojo…incluso parecía teñido con sangre. Me posé sobre él y me di cuenta de que ondeaba bajo mis patas, era como pararse sobre las olas del mar.
Entonces los escuché. Caminaban con paso firme y su mirada estaba fúrica, estaban deseosos de venganza y sedientos de sangre. Entonaban una canción silenciosa sin letra ni melodía, pero una canción de todos modos. Eran hombres, o eso parecía Espíritus de las antiguas batallas. Pese a qué estaban muy cerca sus gritos de guerra se escuchaban lejanos y ausentes.
Miré a los ojos al que estaba enfrente, me sonrió maliciosamente mientras les hacía una seña a los demás. Comenzó la lluvia mortal, balas y flechas, todas persiguiéndome. Grazné de nuevo, esta vez asustada. De pronto, de un lugar que no pude ubicar bien, salieron volando infinidad de palomas blancas seguidas de hombres del mismo color, ellos, no iban armados, al contrario de sus contrincantes. Varias flechas los hirieron sin embargo ninguno murió ni resultó herido. Eran espíritus de paz y de pureza.
Volé hacía donde se encontraban y el suelo bajo mis patas se tiño de blanco, con la misma consistencia que al anterior. Traté de buscarlos, de llamarlos graznando y, cuando al fin aparecieron, se encaminaron a la batalla silenciosa: una batalla anti-bélica.
Seguí volando hasta que escuché otra canción, una más melodiosa, más dulce. La seguí y el suelo se volvió a teñir esta vez de verde. Al fin me encontré con los cantores, eran ángeles bellamente ataviados con túnicas verdes atadas al suelo ondeante, ellos con sus hermosas voces, entonaban la canción que decía:
“Victoria a los valientes
Valientes de corazón
Victoria a los héroes
que Dios a esta patria mandó
Victoria y esperanza
que nuestro pueblo logró
Victoria y esperanza
para la patria y la nación”
Era una letra hermosa y la melodía endulzaba mis oídos, pero tenía que irme. Volé por entre las alas de los ángeles y salí del extraño paisaje. Volé por años de cultura y tradición, por música y trajes típicos, por aportes de otras culturas y, a cada lugar que visité, me acompañó el más exquisito de los aromas y la más dulce y pegajosa alegría en este mundo. Todo eso y más era México.
Por fin, me detuve en medio de un claro…Estaba hambrienta, me percaté que frente a mi había una serpiente que me miraba “Cómeme” decía su mirada “Ándale aguilucha, atrápame si puedes”.
Mi lado humano (A estas alturas un poco opacado) pensó algo como “mmm, con razón les dicen animales venenosos…Solamente ignórala” mientras tanto mi lado animal, que había crecido considerablemente, gritaba “¡Qué va! ¡Tengo hambre y ella se me está ofreciendo! ¡Voy a enseñarle a ese animalejo quien es el verdadero rey de los aires!”.Fin de la discusión, me lancé a la batalla que por supuesto, gané y cuando estaba a punto de engullir mí suculento premio, me percaté de algo más, ¡Estaba parada sobre un nopal! En la misma posición que el águila del Escudo Nacional “¡Que curioso!” pensé y estaba dispuesta a continuar con mi acción cuando llegaron los aztecas, los mismos que habían caminado casi 200 años buscando la morada perfecta.
Me miraron con curiosidad y de repente comenzaron a vitorear. Me habían considerado su señal. Gracias a mi habían encontrado su nuevo hogar. Sin embargó no me importó lo más mínimo, después de todo ¡Solo era un águila! En cuanto terminé mi cena desperté.
Tenía un mal sabor de boca “La serpiente” pensé con una sonrisa. A pesar de haber dormido mucho me sentía cansada, como si hubiera corrido (o volado) mucho. Me di cuenta de que había dormido al pie de mi ventana “¡Que coincidencia!” pensé sonriendo de nuevo pero mi sonrisa se borró cuando recordé que eso no existía.
Mientras me encaminaba al baño me sentí débil ¡Vaya noche! Volar sobre la Bandera, convertirme en el Escudo Nacional ¡Engullir serpientes! Eso es algo que difícil de olvidar, pero solo fue un sueño, aunque yo no lo sentía así. Entonces ¿Qué fue? Ni yo misma lo se. Eso como muchas otras cosas, seguirá siendo un misterio.
Fin

Autora: Cristina Nakad Delgado