
Poco a poco, la luz le cedió el paso a la oscuridad y comenzó el reinado de la luna.
A todas las personas que habían ido aquel día a visitar a sus muertos, a llorar, no les quedó de otra más que comenzar a irse y dejar su tristeza al lado de sus seres queridos. Después de todo nadie quiere quedarse solo y de noche en un cementerio.
Sin embargo, alguien tiene que hacerlo.
Alguien, tiene como profesión dormir de día para que de noche pueda acompañar a los caídos.
Todos en el pueblo le temían. Nunca hablaba con nadie, porque nadie se acercaba a hablar con él. Pasaba más tiempo con los muertos que con los vivos, tal vez por eso pensaban que estaba loco.
Pero a él realmente no le importaba… Los muertos lo sabían escuchar.
Aquella noche, el velador estaba de muy buen humor. No tenía ningún motivo especial. Nadie le podría quitar aquel nuevo estado de humor, de la misma forma que nadie le había dado motivos.
Comenzó a merodear por los pasillos del cementerio como hacía cada noche… Disfrutó cada segundo del silencio y la paz reinante a su alrededor, iluminado solo por la luna y con el fresco aroma del pasto recién rociado por la lluvia acariciando su nariz.
Pero no estaba solo.
Se detuvo un momento. Si definitivamente, frente a una tumba se encontraba una figura solitaria. Alguien que no quería decir adiós.
Aquella tumba era reciente. De aquella misma tarde. Era de un hombre, si mal no recordaba.
Conforme se acercaba, el velador pudo distinguir la figura de una mujer. Su madre, tal vez. Su pareja, quizá. O incluso tal vez una amiga que habría deseado ser mucho más en la vida de aquel hombre… o muchacho.
-Estás tan presente.- Susurraba la mujer.- Dime, ¿Cómo aceptar que te has ido si te sigo sintiendo… Aquí… conmigo?-
Siguió susurrando un montón de cosas inteligibles entre lágrimas y sollozos.
-La gente no desaparece. Tu mismo me lo decías… Pero ya no estás aquí y es igual que si hubieras desaparecido… aunque estés en otro lugar…-
-Señorita…- Comenzó el velador… Ella se sobresaltó y lo miró.
Resultó difícil calcular su edad. Lucía muy joven. Pero sus ojos la desmentían.
Las perdidas, siempre ocasionaban lo mismo. Era como si los muertos les regalasen a los que más los quisieron sus años, como recompensa por todo el amor que habían recibido en vida. Y se reflejara aquel regalo en la mirada. Para siempre.
Ella se limitó a mirarlo, esperando a que él le dijera lo que le tenía que decir y luego se fuera.
Era el velador, no podría ser nadie más. Casi nadie lo veía nunca. Nadie que ella conociera había cruzado una palabra con él, así que, pensaban que estaba loco.
No era la primera vez que lo veía. La primera vez su madre estaba con ella “No te acerques a ese hombre cariño… Uno nunca sabe que puede pasar por la mente de gente como él” Pero en ese momento, no importaba lo que dijera su madre. De hecho ya nada importaba.
Nada.
-No se visita a los muertos de noche. Estoy por cerrar las puertas, y no creo que se quiera quedar aquí. Será mejor que se vaya.- dijo él con frialdad.
-No.- susurró ella.
-¿Cómo ha dicho?-
-¡No!- repitió la mujer con un poco más de volumen.- ¿Quién es usted para decirme cuando debo irme? Cuándo decir adiós. Solo yo lo decido. Nadie puede obligarme a despedirme si yo no quiero ¡Nadie!- Esto último lo dijo casi gritando en un tono lleno de desesperación y soledad.
Hubo un momento de silencio, mientras el viento se llevaba las palabras de la joven a otro lugar.
-Podrá extrañarlo igual en su casa.- Dijo él aún con frialdad.- El hecho de pararse ahí toda la noche… no hará que él regrese… Los muertos no se levantan de sus tumbas.-
Ella se volvió de pronto para mirarle de nuevo. Aquellas palabras, le habían herido. No porque no supiera aquello. Simplemente no soportaba la verdad. Y no podía ser posible que él la escupiera de una manera tan… fría.
El silencio reinó de nuevo. Pero las palabras del velador no se fueron, se quedaron ahí en su mente “Los muertos no se levantan de sus tumbas” el no iba a volver así construyera su casa al lado de la tumba.
-No quiero volver a casa,- susurró.- No me queda nada ahí… Ni ahí ni en ninguna otra parte.-
Él no se movió. Aquello no le importaba. Nada de lo que ella pudiera decir era realmente importante. Él tenía que hacer valer las reglas y sacarla de ahí, y después dejarla arreglarse por si misma. Pero, como había dicho antes, esa noche estaba de muy buen humor.
-Aún así…. No puede quedarse aquí.- dijo.- Venga conmigo, le haré una taza de café.-
Ella vaciló un instante. “…uno nunca sabe lo que puede pasar por la mente de gente como él.”
Él se encogió de hombros.
-Como usted quiera.- Se dio la vuelta dispuesto a irse.
La muchacha comenzó a experimentar algo muy parecido al miedo.
-¡Espere!- Dijo. – Supongo que un café, no me haría mal.- “No puede ser peor que regresar”
El no se inmutó… Le hizo ademán de que la siguiera y comenzó a avanzar de nuevo.
Ella lo siguió. La casa del velador estaba justo al principio del cementerio prácticamente junto a la puerta.
Pronto se comenzó a sentir incomoda.
Lo que para el velador era paz y tranquilidad, para ella era un silencio incomodo. No podía evitar que por su mente pasaran todos aquellos alguna vez habían reído, llorado, e incluso tal vez caminado por los pasillos de aquel mismo cementerio. Todos ellos que ahora dormían.
Sin posibilidad de despertar.
No pudo evitar pensar que algún día, ella misma se uniría a aquel silencio. Que todos lo harían. Que era la regla sin excepción.
Después recordó que la muerte se había llevado también a su esperanza y pensó que había gente que perdía el alma antes de que descansara el cuerpo.
De pronto deseó romper ese silencio. Quiso de pronto romper aquel hechizo mágico y tenebroso en el que estaba sumergido el cementerio entero.
-¿Cree usted en fantasmas?- Preguntó ella de pronto… ¿No se le podía ocurrir otro tema de conversación?
Por otro lado ¿Quién podría responder a aquella pregunta de manera más acertada que un velador de cementerio?
El hombre soltó una carcajada de esas que parece que de un momento a otro se van a convertir en un llanto de desesperación. Hizo que se le pusiera la piel chinita.
-No sé si existan.- comenzó él. – Pero, no entiendo porque alguien abandonaría el descanso eterno, para regresar a este mundo lleno de sinsabores y tragedias.-
De repente se sintió ofendida. No sabía bien por qué. Pero sus palabras, le habían calado.
-Por amor-suspiró ella.
-Al final ya nada importa… ni siquiera eso es tan fuerte.-
Ella se detuvo.
-¿Cómo puede decir eso? No se puede vivir sin amar.-dijo citando palabra por palabra a aquel que había amado, aquel por el que estaba ahí en ese momento. Sin embargo, el tono sombrío y triste en el que lo había dicho hacía difícil de creer en sus palabras.
De nuevo una carcajada triste resonó de la boca del velador.
-No se puede vivir sin amor. Pero tampoco sin agua o sin comida… y no hay fantasmas que regresen con sed… o con hambre... No se puede vivir sin amor, pero al morir ya no se necesita.-
Ella se quedó callada. Quería explicarle que era mucho más grande que eso… Que era más importante. Pero nada de lo que dijera tenía sentido. Ya no.
Sobrevino el silencio.
-No sé si los espíritus de la gente, regresen. Pero de algo puedo estar seguro, y es, de que nadie desaparece por completo de este mundo.- Comenzó él. Ella no respondió pero él supo que de alguna manera, ella quería escuchar lo que le iba a decir. -Sus lágrimas, sus risas, todo lo que puede ser contado se queda aquí encerrado entre las puertas del cementerio. Todas las historias, que ya nadie puede recordar se quedan aquí. Descansando con sus dueños y sus creadores… Los recuerdos nunca duermen.- Se quedó en silencio y luego sonrió- ¿Acaso no lo siente? Está en el aire.
Justo en ese momento las puertas, del cementerio aparecieron ante ellos, a la chica le pareció que dividían el pasado del presente.
De pronto sintió que si dejaba que se cerraran quedaría atrapada de en el interior, para siempre.
Pero ya no importaba… de todas formas, así estaría con él.
El velador colocó una humeante taza llena de café sobre la mesa.
-¿Cómo se llama?- preguntó sin que llegara a interesarle demasiado.
-Amanda- suspiró ella con un nudo en la garganta, su propio nombre le supo a mentira. En Aquel momento, quería hundirse en su tristeza ahogarse en ella y luego desaparecer.
- Amanda.- repitió el velador.- Es un nombre muy bonito.
Ella casi sonrió. Pero no lo hizo. Aarón le decía lo mismo cada que podía. Aarón…
-¿Cómo se llamaba él?- preguntó el velador y Amanda no pudo evitar preguntarse si el hombre no había leído su pensamiento.
Tan solo pensar en su rostro se le hacía un nudo en el estómago y en el corazón. Era un rostro que no volvería a tocar que no volvería a ver más que en sueños, como si nunca hubiera existido… tenía que vivir con eso. Es lo que todo el mundo hacía. Pero parecía tan imposible.
-Aarón…-susurró casi imperceptiblemente, como llamando a alguien. Era la primera vez en el día que se atrevía a susurrar su nombre, le sabía cómo sal… como la promesa de agua en medio del desierto cuando sabes que es tu final. Cuando sabes que nunca vendrá.
El velador la miró unos segundos. La chica, de pronto se le figuro a una rosa negra, así, vestida como estaba con su delicado vestido y las manos alrededor de la taza de café al que no le había dado ni un sorbo…
Se volvió hacia el velador.
- No podía creerlo cuando me lo dijeron, el mundo se volvió oscuro, como si hubieran apagado al sol de un soplo. No es verdad, me dije para impedir que el suelo se engullera mis esperanzas… sucedió de todas maneras… se fue. - No pudo seguir, las lagrimas afloraron tan rápido había empezado su relato y se habían apresurado a opacar sus palabras.
Él permaneció impasible, comprendía su dolor. Pero no era el suyo, no podía involucrarse. La dejó que se calmara, meciéndose en los brazos del viento.
-No debe preocuparse… Ellos no se van… A menos que usted los deje ir.-
Amanda levantó la vista.
-Si no lo dejo ir, no podré seguir nunca adelante…-
-Déjelo entrar en su corazón, reserve un lugar especial para él y visítelo solo de vez en cuando… como aquí. La diferencia es que cuando lo visite dentro de usted, será como si estuviera vivo en verdad, se puede vivir con eso.-
Amanda le sonrió con agradecimiento, sabiendo que había llegado la hora…
Se levantaron juntos y el la acompañó hasta la puerta. No se dirigieron una sola palabra… ella solo la cruzó.
Pero entonces…
-Usted no me ha dicho ¿Cómo…?- Ella se detuvo en seco.
El velador ya no estaba.
Probablemente había vuelto adentro… o tal vez…
No, eso no era posible.
Era hora de avanzar, de mirar hacia adelante en vez de hacía atrás. De todas formas él estaría con ella. Seguía sintiendo un peso en el corazón, pero era de paz… no de angustia.
Amanda abrió los ojos de golpe. Se sentía asfixiada y vacía, tenía los ojos llenos de lágrimas.
Se soltó a llorar, no podía evitarlo. Se abrazó el pecho en busca de sentirse menos vacía. En busca de llenar el hueco que tantos años atrás había abierto, una perdida.
Hacía mucho que no se sentía así. Había aprendido a vivir con ello.
Pero no lo había olvidado… Era imposible.
El hombre que dormía a su lado se levantó de golpe, ni siquiera le preguntó qué pasaba, estaba demasiado adormilado para hacerlo. Solo la abrazó y la refugió en sus brazos.
Amanda se sintió cálida otra vez. Él era su presente… sus hijos eran su presente. Tenía que sonreírle a la vida como había aprendido a hacer.
Poco a poco, la oscuridad tuvo que cederle el paso de nuevo a la luz. Y el sol comenzó a asomarse por las ventanas.
Había comenzado un nuevo día.
CRISTINA NAKAD DELGADO.