
He aquí otra de mis historias. Está fue la primera que incursionó en el mundo del realismo, es la primera vez que escribí una historia que sucedía en este mundo, con problemas del mundo real. Etcétera... Ojalá y no haya metido la pata al hacerlo.
Un día más
Todo se había quedado en silencio. La gente se había ido por miedo a lo que se avecinaba. Toda la gente menos yo.
Yo seguía sentado en medio del salón, vestido de gala. Bebiendo de una copa de vino, con una rosa blanca en la mano. Esperando. Como si nada estuviera pasando, a pesar de que la mesa y el suelo debajo de mi se sacudían violentamente.
Tenía miedo, demasiado. Pero no me moví sin embargo. Tuve la sensación de que hacerlo sería un error.
Y entonces llegó ella.
Caminaba tranquilamente, por el salón que se caía a pedazos a su alrededor. Llevaba el cabello suelto bailando en su espalda y un delicado vestido blanco que bordeaba su figura.
Solo con verla, se me llenaron los ojos de lágrimas, y de alegría mi corazón.
-Pensé que no vendrías.- Le dije.
Ella me sonrió y tomó mi mano.
- No te dejaré solo, jamás.- Se ensanchó su sonrisa.- No lo olvides.-
- Hasta que la muerte nos separe.- dije. Tomé su mano con más fuerza y la acerqué a mí.
Y supe que era así. Su semblante sereno, me decía claramente que en verdad ella estaba ahí, por mí, pasara lo que pasara con ambos.
Nos miramos una vez más ambos con los ojos llenos de lágrimas. Y esperamos a la tempestad.
Después abrí los ojos, y tuve que esperar a que mis ojos se acostumbraran. La habitación estaba en total oscuridad. Olía a humedad.
Todo mi cuerpo estaba adolorido, a causa de la posición en la que había dormido, por los últimos meses.
Pero lo peor, era el terrible vacío que sentía en mi interior.
Comencé a llorar, cuando recordé que en el lugar en el que estaba, nadie, iba a sostener mi mano, ni a decirme que no estaba solo.
Pareció que el pequeño cuarto en el que estaba, se caía encima de mi, cuando recordé, que el vivir o morir ese día, dependía de una cantidad de dinero.
Un hombre, bajó las escaleras y depositó en una mesita, bruscamente, un plato de comida. Encendió la luz.
Le dirigí una mirada de amargura. Lo escuché subir las escaleras y cerrar la puerta con cerrojo.
La puerta detrás de la cual había luz, viento y libertad. Todo aquello que ellos me habían arrebatado.
La comida, apenas la probé, de todas formas era una miseria. Después me senté resignado en el catre. Con un único pensamiento en la mente. Mi familia.
Me dolía más pensar en, que, mi ausencia teñía de tristeza y miedo sus días que lo que yo mismo vivía.
Todas las noches, estaban en mis sueños, todos los días era en lo único en lo que podía pensar.
En volver a estrechar entre mis brazos a mi esposa.
En besar la frente de Paula a la hora de dormir.
En despertarme en la madrugada por el llanto del bebé.
Por que, en realidad, a lado de eso, lo demás importaba poco.
De nuevo el silencio y la soledad se alimentaron de la poca esperanza que me quedaba.
Después de un rato, volví a oír, que abrían la puerta. Era una muchacha de unos dieciséis años que vivía allí. Todas las tardes me iba a visitar. Y me contaba cosas.
- Lo siento.- Me dijo, como hacía siempre.
Yo sabía que no era su culpa, sabía que ella daría todo por sacarme de ahí.
- Creo que se como hacerlo sabes.- susurro, como el que tiene miedo de que las paredes escuchen.
- Se como sacarte de aquí.- Añadió, aún con miedo.
La miré en sorprendido. Ella me sonrió con tristeza al tiempo que sacaba un papelito de detrás.
-Es tu teléfono, puedo llamar y decirles donde estás… y entonces vendrá la policía, y…-
- Se los llevaran a todos.- Completé con frialdad y amargura,- incluso a ti ¿sabes?-
Sus ojos de avellana se posaron en los míos, y observé una profunda tristeza, en ellos.
- Yo no perdería nada. Tú volverías a ver a tu familia. – añadió como si eso fuera suficiente como para dar su libertad por la mía.
Pareció leer mis pensamientos.
- Yo tampoco soy libre.- concluyó al fin, en un sollozo. – Sería lo mismo, solamente sería legal y con barrotes-
Se echó a llorar. Y no pude hacer más que abrazarla, hundido en mis propios pensamientos…
No estábamos en una situación tan diferente.
Alguien, con la voz sumamente ruda la llamó, ella, se limpió las lagrimas con un movimiento rápido y dirigió una mirada. “Ayúdame” parecía decirme.
Acto seguido se fue…
“Ayúdame”… ¿Pero como? Ambos estábamos, encerrados, ahí...
Tal vez, quizá ella lo único que quería, era… No podía saberlo.
Pasó el tiempo. Volví a dormir y a despertar. De nuevo no supe si era día o noche. Otra vez, recibí las visitas de la muchacha, quien me rogaba que la dejara ayudarme.
Todas las noches, yo soñaba lo mismo, veía a mi esposa, acercarse a mí en medio de una tempestad inmensa. Me tomaba de la mano y me juraba que no me dejaría solo… Y yo le creía, aunque no estuviese ahí en realidad.
La chica y mis sueños, de alguna manera reavivaban la esperanza que el silencio había consumido.
Y un día (O noche), abrí los ojos… Y no pude ver nada.
Tardé un buen rato en darme cuenta de lo que pasaba. Alguien había colocado una venda en mis ojos, y me conducía, aunque no amablemente, hacía algún lugar, no sabía en donde estaba… Me subieron a algún vehículo.
-Eres libre, Eric- Dijo una voz dulce… Era la muchacha…- Lo lograste.-
Y me tomó la mano. Hasta que llegamos.
Me bajaron del vehículo. Y simplemente lo oí arrancar. Después unas manos temblorosas, me quitaron la venda de los ojos, escuché entre sollozos una voz conocida, era… No podía ser posible.
La luz me deslumbró. Y ver su rostro a través de toda la luz que entraba por mis pupilas era una bendición.
Mi esposa, lloraba de alegría igual que yo… Nos fundimos en un abrazo que me pareció durar una eternidad, o al menos, mucho más tiempo, del que había permanecido, encerrado…
En ese momento supe, que mis sueños, habían sido realidad. Que ella había estado ahí… En medio de la tempestad.
Quise correr y subir al árbol más cercano como si fuera un niño… Y gritarle al mundo, que había vuelto, que estaba con ellos, otra vez… Y que nada iba a separarnos de nuevo.
Aquel día, reí, canté y grité como nunca lo había echo. Dí gracias a Dios y a la vida, por permitirme estar ahí.
Por darme un día más.
Autora: Cristina Nakad Delgado
“Somos como el fénix, Esperanza, Con una larga vida por delante.”
Pam Muñoz Ryan, Esperanza Renace
Un día más
Todo se había quedado en silencio. La gente se había ido por miedo a lo que se avecinaba. Toda la gente menos yo.
Yo seguía sentado en medio del salón, vestido de gala. Bebiendo de una copa de vino, con una rosa blanca en la mano. Esperando. Como si nada estuviera pasando, a pesar de que la mesa y el suelo debajo de mi se sacudían violentamente.
Tenía miedo, demasiado. Pero no me moví sin embargo. Tuve la sensación de que hacerlo sería un error.
Y entonces llegó ella.
Caminaba tranquilamente, por el salón que se caía a pedazos a su alrededor. Llevaba el cabello suelto bailando en su espalda y un delicado vestido blanco que bordeaba su figura.
Solo con verla, se me llenaron los ojos de lágrimas, y de alegría mi corazón.
-Pensé que no vendrías.- Le dije.
Ella me sonrió y tomó mi mano.
- No te dejaré solo, jamás.- Se ensanchó su sonrisa.- No lo olvides.-
- Hasta que la muerte nos separe.- dije. Tomé su mano con más fuerza y la acerqué a mí.
Y supe que era así. Su semblante sereno, me decía claramente que en verdad ella estaba ahí, por mí, pasara lo que pasara con ambos.
Nos miramos una vez más ambos con los ojos llenos de lágrimas. Y esperamos a la tempestad.
Después abrí los ojos, y tuve que esperar a que mis ojos se acostumbraran. La habitación estaba en total oscuridad. Olía a humedad.
Todo mi cuerpo estaba adolorido, a causa de la posición en la que había dormido, por los últimos meses.
Pero lo peor, era el terrible vacío que sentía en mi interior.
Comencé a llorar, cuando recordé que en el lugar en el que estaba, nadie, iba a sostener mi mano, ni a decirme que no estaba solo.
Pareció que el pequeño cuarto en el que estaba, se caía encima de mi, cuando recordé, que el vivir o morir ese día, dependía de una cantidad de dinero.
Un hombre, bajó las escaleras y depositó en una mesita, bruscamente, un plato de comida. Encendió la luz.
Le dirigí una mirada de amargura. Lo escuché subir las escaleras y cerrar la puerta con cerrojo.
La puerta detrás de la cual había luz, viento y libertad. Todo aquello que ellos me habían arrebatado.
La comida, apenas la probé, de todas formas era una miseria. Después me senté resignado en el catre. Con un único pensamiento en la mente. Mi familia.
Me dolía más pensar en, que, mi ausencia teñía de tristeza y miedo sus días que lo que yo mismo vivía.
Todas las noches, estaban en mis sueños, todos los días era en lo único en lo que podía pensar.
En volver a estrechar entre mis brazos a mi esposa.
En besar la frente de Paula a la hora de dormir.
En despertarme en la madrugada por el llanto del bebé.
Por que, en realidad, a lado de eso, lo demás importaba poco.
De nuevo el silencio y la soledad se alimentaron de la poca esperanza que me quedaba.
Después de un rato, volví a oír, que abrían la puerta. Era una muchacha de unos dieciséis años que vivía allí. Todas las tardes me iba a visitar. Y me contaba cosas.
- Lo siento.- Me dijo, como hacía siempre.
Yo sabía que no era su culpa, sabía que ella daría todo por sacarme de ahí.
- Creo que se como hacerlo sabes.- susurro, como el que tiene miedo de que las paredes escuchen.
- Se como sacarte de aquí.- Añadió, aún con miedo.
La miré en sorprendido. Ella me sonrió con tristeza al tiempo que sacaba un papelito de detrás.
-Es tu teléfono, puedo llamar y decirles donde estás… y entonces vendrá la policía, y…-
- Se los llevaran a todos.- Completé con frialdad y amargura,- incluso a ti ¿sabes?-
Sus ojos de avellana se posaron en los míos, y observé una profunda tristeza, en ellos.
- Yo no perdería nada. Tú volverías a ver a tu familia. – añadió como si eso fuera suficiente como para dar su libertad por la mía.
Pareció leer mis pensamientos.
- Yo tampoco soy libre.- concluyó al fin, en un sollozo. – Sería lo mismo, solamente sería legal y con barrotes-
Se echó a llorar. Y no pude hacer más que abrazarla, hundido en mis propios pensamientos…
No estábamos en una situación tan diferente.
Alguien, con la voz sumamente ruda la llamó, ella, se limpió las lagrimas con un movimiento rápido y dirigió una mirada. “Ayúdame” parecía decirme.
Acto seguido se fue…
“Ayúdame”… ¿Pero como? Ambos estábamos, encerrados, ahí...
Tal vez, quizá ella lo único que quería, era… No podía saberlo.
Pasó el tiempo. Volví a dormir y a despertar. De nuevo no supe si era día o noche. Otra vez, recibí las visitas de la muchacha, quien me rogaba que la dejara ayudarme.
Todas las noches, yo soñaba lo mismo, veía a mi esposa, acercarse a mí en medio de una tempestad inmensa. Me tomaba de la mano y me juraba que no me dejaría solo… Y yo le creía, aunque no estuviese ahí en realidad.
La chica y mis sueños, de alguna manera reavivaban la esperanza que el silencio había consumido.
Y un día (O noche), abrí los ojos… Y no pude ver nada.
Tardé un buen rato en darme cuenta de lo que pasaba. Alguien había colocado una venda en mis ojos, y me conducía, aunque no amablemente, hacía algún lugar, no sabía en donde estaba… Me subieron a algún vehículo.
-Eres libre, Eric- Dijo una voz dulce… Era la muchacha…- Lo lograste.-
Y me tomó la mano. Hasta que llegamos.
Me bajaron del vehículo. Y simplemente lo oí arrancar. Después unas manos temblorosas, me quitaron la venda de los ojos, escuché entre sollozos una voz conocida, era… No podía ser posible.
La luz me deslumbró. Y ver su rostro a través de toda la luz que entraba por mis pupilas era una bendición.
Mi esposa, lloraba de alegría igual que yo… Nos fundimos en un abrazo que me pareció durar una eternidad, o al menos, mucho más tiempo, del que había permanecido, encerrado…
En ese momento supe, que mis sueños, habían sido realidad. Que ella había estado ahí… En medio de la tempestad.
Quise correr y subir al árbol más cercano como si fuera un niño… Y gritarle al mundo, que había vuelto, que estaba con ellos, otra vez… Y que nada iba a separarnos de nuevo.
Aquel día, reí, canté y grité como nunca lo había echo. Dí gracias a Dios y a la vida, por permitirme estar ahí.
Por darme un día más.
Autora: Cristina Nakad Delgado
“Somos como el fénix, Esperanza, Con una larga vida por delante.”
Pam Muñoz Ryan, Esperanza Renace
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