miércoles, 17 de junio de 2009

De Trapo y de Porcelana


¿Nunca habías soñado con volver hacía tu infancia? ¿Con regresar a jugar, a soñar despierto? ¿A volar, sin siquiera despegar los pies del suelo?
Y aunque uno no se lo imagine… existen otras criaturas que también nos sueñan ver regresar. Nuestros recuerdos… nuestros amigos inseparables…
Existió una vez un sótano… en el cual, vivían esperando. Visitados solo por el silencio, un grupo de juguetes olvidados. En tiempos pasados, habían pertenecido a una niña, de la cual, ahora solo quedaba su versión estirada, que se la pasaba los días hablando de amores, y a veces gritando.
Algunos de aquellos juguetes se encontraban rotos. Otros, en perfecto estado, A algunos, el tiempo les había llenado de polvo… otros sin embargo, continuaban limpios.
Y ahí en una repisa, perfecta como siempre, se encontraba una muñeca de porcelana.
Muchos años atrás la abuela de la niña se la había regalado. Y había visto desaparecer a todos sus compañeros del cuarto, hasta quedarse como la única reliquia en el cuarto.
La verdad, es que, llevaba muy poco tiempo entre aquellos, juguetes.
¿Pero no era obvio? Solía pensar. Ella, el ser perfecto. Tenía la tez brillante, con unos inocentes chapitas rosadas en las mejillas. Sus dientes, hermosos como perlas, relucían en unos también perfectos labios rosados.
Y que bellos ojos verdes, que brillaban como esmeraldas, en su carita, de ternura, y su sonrisa siempre alegre. Llevaba el cabello, rubio y rizado, recogido en un complicado peinado.
Pero por supuesto, lo que más le enorgullecía era la bella y resplandeciente coronita plateada, que lucía como la misma luna en su cabeza.
Princesa de porcelana, si ese era su nombre. Así le habían llamado desde su llegada a la casa.
Dentro de la fragilidad de su cabeza de porcelana, no existía nada. Su fabricante, había tomado tanto tiempo en hacerla perfecta. Que se olvidó de darle algo con que pensar, y algo con que sentir.
Y era por eso, que dentro del vacío de su mente y de su pecho, cabía una sola cosa.
Su vanidad.

Mucha gente, decide ignorarlo… Pero, si, algunos juguetes si tienen corazón.
Y Princesa de porcelana detestaba a aquellos que lo tenían, por que ella creía merecerlo todo… ¿Por qué alguien tendría algo de lo que ella carecía? No lo entendía. Así, como tampoco sabía que era sentir… o pensar.
Por que tal vez si lo hubiera sabido, tendría conciencia de lo fría y falsa que lucía aquella sonrisa en su rostro.
Y sabría que a la porcelana, a razón de su hermosura. Una niña no la podía abrazar.

En otro rincón de aquella, fría habitación, se encontraba, también una solitaria muñeca de trapo. En su momento, las dos gotitas negras que tenía por ojos, relucían alegremente. Ahora, era solo una gotita, y estaba cubierta por polvo. Por sonrisa, tenía más que una línea curva bordada. Y su vestidito de mezclilla, estaba cosidito a su cuerpo.
Así, nunca tendría frío.
Estaba rellena, con aserrín… Vaya, no era una cosa de la cual podía presumir. Pero le hacía pensar, y gracias a ello, recordaba.
Pero sin duda alguna, su mayor orgullo, era su corazón, de trapo y como el resto de su cuerpo, se encontraba relleno de aserrín, en su centro.
Dentro de ella, había montones de sentimientos y pensamientos, que se enredaban dentro de ella, como un jardín de hermosas flores.
Por desgracia, era el tipo de belleza que nadie podía ver.
Pero, ello no importaba… ella era feliz, con sus recuerdos, y con sentimientos. Tratando de no escuchar, las “interesantísimas” historias de la princesita de porcelana. Quien por cierto, y sin razón aparente, la odiaba.
Nadie más tenía problemas, en escuchar los relatos, de la princesa… parecía que habían olvidado por completo de lo que ellos mismos habían vivido, la muñequita, podía ver, que sus amigos, habían perdido la esperanza.
Y, por si fuera poco… ella se limitaba a callar, aunque podría contarles cosas más bonitas.

Cierto día… o noche. Princesita se encontraba contando, de nuevo sobre ella… y como la adoraban allá arriba, cuando la muñequita de trapo decidió que lo que decía era demasiado tonto.
- ¡Eso no es cierto!- se escuchó una vocecita desde el fondo de la habitación.
Todos se volvieron a mirar asombrados a la muñequita de trapo.
-¿Cómo te atreves a decir eso?-
- Pues, si te quisieran tanto como dices… no estarías aquí abajo con nosotros.-
Nadie, absolutamente nadie, podía creer lo que estaba pasando.
La princesa de porcelana enmudeció… ¿Podría ser cierto lo que decía? mágicamente encontró dentro de ella el orgullo que necesitaba, para acallar aquella pregunta.
- ¡Tu no podrías contar ni la mitad, de las historias, que cuento yo!- Vociferó, princesita.
La otra muñequita, encontró en sus palabras la oportunidad…
Sintió que la luz regresaba a su único ojito.
- Si tan solo me dejaras contarles…- Inquirió esperanzada.
Pero, la carcajada sonora y fría de la princesa le hizo callar.
-Si, parece que nunca te has visto… Rota y sucia. No eres ni la sombra de lo que soy yo… ¿Por qué alguien preferiría escucharte a ti? No eres más que el recuerdo roto, de una infancia vacía.- Dijo sonriendo… Sin saber, que realmente hería a la muñequita profundamente.
Esta última no supo que contestar. Se quedó helada, en su sitio, como siempre lo había estado.
Un par de gotitas de agua mojaron, sus mejillitas de trapo.
Si hubiera podido. Si la hubieran dejado, eso les habría contado.
Les contaría a todos, acerca del día en el que aprendió a llorar.
Apretujada, contra el pecho de una niñita que derramaba lagrimas de tristeza sobre su cabello de estambre, susurrando las razones de sus lágrimas.
Y la muñequita de trapo, en silencio, compartía, y guardaba en su memoria todas las penas y alegrías…
En silencio… había escuchado.
Y había aprendido a llorar.
Pero no pudo contarles. Por qué el poco valor del que se había armado minutos antes… se lo habían arrancado a la fuerza con crueles risas, y palabras.
Miró hacía la repisa, de la Princesita de Porcelana y vio a quienes la acompañaban. A todos ellos, los conocía y los quería, todos ellos tenían una historia propia. Pero al final les parecía interesar más lo que podían ver.
¿Acaso tendrían razón?
Tan hundida estaba en sus pensamientos, y en su soledad, que no vio a la figura, que se divisó en la puerta.
En cuanto, se dio cuenta, vio también que fuera quien fuera, también lloraba.
Todos los juguetes enmudecieron. Y la muñequita de trapo, pudo jurar ver hincharse de orgullo a la princesita.
La chica comenzó a avanzar… por la habitación mirando a cada uno de los juguetes que ahí se encontraban, se detuvo a mirar a la princesa… con desdén y cansancio. Acto seguido, la ignoró por completo, y se volvió a otro lado.
Los ojos, de la muchacha brillaron de alegría cuando se posaron sobre la muñequita de trapo. Era su antigua dueña.
La chica se acercó a la muñeca, y la levantó con cuidado.
- ¿Las muñecas pueden llorar?- Dijo mientras acariciaba el rostro de ella.
El sol brilló en la mente de la muñequita.
¡Si! Quiso decir, y enseguida, la chica sintió que algo cambiaba, la atmosfera se volvió menos triste.
-Ahora recuerdo, por que me hacías tan feliz. ¿Cómo pudo dejarte aquí?- Dijo, y la abrazó.
Todos los muñecos, estaban mudos de asombro. En especial la princesa de porcelana que se encontraba indignada y enojada. ¿Cómo exactamente, habían ocurrido las cosas? ¿La habían ignorado? ¿Había, acaso preferido a la flácida y rota muñeca de trapo? ¿Tenía eso sentido?
La desesperación y la furia se apoderaron de la perfección de la muñequita de porcelana… trató de llamar la atención de la niña.
Trató de escapar de su inmovilidad.
Nadie jamás, había visto a un muñeco moverse… Ella era mejor, que un… lo que fuera que tuviese la muñeca de trapo.
Iba a ser el centro… otra vez.
Pero, la repisa era corta. Y la porcelana, como se sabe es un material, muy frágil…

El sonido de que algo se rompía, hizo sobresaltarse a la chica y a la muñeca que sostenía en brazos.
¿Cómo se habría caído la muñeca? Se preguntó mientras la miraba… estuvo un segundo, intrigada por el misterio, de la princesa de porcelana (Que ahora, reducida a trozos, no lucía, tan perfecta) y luego encogiéndose de hombros… subió las escaleras con su muñequita a un en brazos.


Los demás juguetes se quedaron anonadados… había ocurrido una tragedia, pensaban unos… No, no, aquello era un milagro, dijeron otros.
Lo que si, era obvio. Era que al final… los ojos de esmeralda y la sonrisa falsa… habían servido de poco. En cambio… un corazón… y una mente, habían hecho volver, a la vida a un recuerdo roto.
Llegaron a la conclusión de que, si bien, todos carecían de la gracia y perfección de la que había sido, su princesa. Todos tenían, sus recuerdos… su esperanza. Su corazón.
Y por un momento, en aquel sótano, gris y triste, visitado solo por el silencio… pareció brillar el sol.

CRISTINA NAKAD DELGADO

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